domingo, 16 de octubre de 2016

Crónicas peruleras. Capítulo XV: Los indios uros, entre el agua y el cielo.

3:33


Cuando pisé el tupido suelo de totoras tuve la sensación de encontrarme en un espacio inmaterial, flotando entre las aguas y el cielo donde nada parecía sólido, sin embargo, un pequeño microcosmos emergía sobre el lago entretejido entre aquel bosque de raíces y juncos sobre los que  brotaban cabañas habitadas por hombres de piel muy oscura y un lenguaje extraño.



Aquel islote lacustre era uno de los casi 80 que pueblan las aguas jurisdiccionales peruanas de Titicaca. Nos dispusieron en semicírculo en torno a dos hombres y tres mujeres jóvenes en una pequeña explanada abierta al lago. Uno de ellos, el que hacía de presidente de la pequeña comunidad, nos saludó en aimara con un musical “kamisaraki” - ¿cómo estáis? -, al que respondimos a coro, como escolares bien entrenados “waliki, jumasti” - bien ¿y tú? – No es que de repente Dios nos hubiese dotado del don de lenguas, fue más bien el guía que durante el viaje en catamarán no dejó de repetir este saludo hasta que todos lo aprendimos de memoria.

Se presentaron los anfitriones. El guía hacía de intérprete. Nos explicaron su modo de vida y cómo se construía una isla de 300 m2 como la suya, compartida por tres familias unidas por lazos de sangre. El relato fue muy interesante pero lo resumiré para no ser pesado. La totora, que crece abundantemente en el lago, en época de lluvias se desprende con sus raíces del suelo quedando a la deriva grandes bloques de un metro de espesor aproximadamente, como el que habían colocado  en el centro del escenario para hacer más fácil la explicación. Los uros cortan con sierras -sus antepasados lo hacían con palos- fragmentos de unos de 50 m2 que remolcan con barcas hasta un lugar menos profundo, próximo a las orillas del lago, donde las ensartan con estacas de eucaliptos que luego atan entre sí. Las raíces, al seguir creciendo, terminan entrelazándose hasta formar una masa compacta que anclan, para evitar que la isla termine a la deriva, con palos y cuerdas al fondo del lago, que en las orillas no suele ser de más de cuatro metros de profundidad. Sobre la superficie ponen camadas contrapuestas de totora hasta alcanzar una altura de casi un metro a fin de paliar los efectos de la humedad, responsable del reuma que sufren casi todos los robinsones que habitan la isla.

Mientras escuchaba atentamente las explicaciones, mis ojos no se apartaban de una abuela que vigilaba  a dos niños de corta edad, sus nietos, supongo, sentada sobre el piso de totoras en la puerta de su cabaña, ante una manta cubierta de productos artesanales. Perderlos de vista por un momento en aquel islote podría suponer una tragedia porque no había nada que impidiese que cayesen al agua al menor despiste. La anciana compartía con las mujeres más jóvenes las mismas generosas curvas femeninas con las que el colombiano Botero dotaba sus esculturas, quizás por el escaso espacio para moverse y la falta de un suelo firme donde apoyarse. Pero más que el volumen, lo que me movía a curiosidad era su rostro oscuro, serio, imperturbable, ajeno  al bullicio súbito que una horda de extraños personajes habíamos llevado a su dominio.





Anhelaba ir a su lado para verla más de cerca y hacerle unas fotografías antes que el resto de turistas se esparciesen por el lugar y el ambiente fuese más parecido al de un parque temático que al de una legendaria isla flotante del Titicaca. Con esa idea me alejé discretamente del grupo y me dirigí hacia su puesto de souvenir. Por un instante desvió sus ojos de los niños y me observó. Sus facciones permanecieron inalteradas; su mirada inexpresiva, inmóvil, me recordó la de una iguana. Impresionado adopté un gesto serio, circunspecto, acorde al de la buena mujer y balbuceé un torpe kamisaraki al que respondió con un imperceptible movimiento de cabeza. Fingí interés en el género que había desparramado sobre la manta, la única cosa que justificaba mi presencia ante ella. Con poca persuasión y mucha pereza levantaba pesadamente su brazo mostrándome tejidos y bonitas artesanías hasta que no tuve más remedio que decidirme por alguna. Compré un calabacín sobre el que había pintada una cabeza de búho por 10 soles que pagué sin regatear. Aproveché el momento para indicarle con el teléfono en la mano si podía hacerle una foto. Sin alterar lo más mínimo su rostro, la abuela uro ni negó ni afirmó y desviando su mirada lentamente volvió sus ojos sobre los nietos. Creo que le importaba un rábano lo que ese tipo hiciese. Con discreción tomé unas fotos para no incomodar a la anciana y retorné al grupo.


Al concluir la charla los anfitriones nos invitaron en un buen español, ante nuestra sorpresa, a ver las mercaderías que tenían expuestas delante de sus cabañas. El negocio imponía el entendimiento. El esfuerzo traductor que hizo hasta entonces el guía fue un brindis al sol para su mayor gloria y envanecimiento, ¡Dios lo perdone!. Comprar un souvenir en un sitio tan peculiar se imponía como obligación. Nosotros cargamos con tres fundas de cojines sobre las que había bordadas coloridas figuras alusivas a su cultura y creencias, sin importarnos que el paño fuese tan basto al tacto que nunca podríamos apoyar la cabeza en ellos, pero desplegados en el sofá de casa quedarían preciosos y contribuirían a difundir las peculiaridades del mundo uro entre aquellos que al venir casa tuviesen la sana curiosidad de conocerlo.





La visita a la isla flotante tuvo su broche de oro con un paseo en barca por el lago. Nos tocó en suerte una embarcación con dos pisos y proa vikinga que salvo en el material de construcción, en nada más se parecía a las barcas de totora originales, pequeñas y muy funcionales adaptadas al transporte entre islas, la pesca, la caza de patos o la búsqueda de huevos en los cañaverales, para lo que fueron diseñadas en sus orígenes. 


Pero los nativos se han adaptado a los tiempos y son conscientes que una totora con dos niveles es más rentable que una individual para un torpe pasajero que además acabaría en el agua. De todas formas, a bordo de aquella atracción de feria también disfrutamos de una civilización milenaria. Los mismos nativos bromeaban con sus embarcaciones y las clasificaban según su fastuosidad. La nuestra era una totora modelo Mercedes Benz, la de más alto standing, aunque yo hubiese preferido pasearme en un Seat 600, uno de esos que tenían amarrados para ir a buscar huevos de patos a sus nidos, sin más adornos que el trenzado de los juncos que terminaban en punta como una babucha de las Mil y una noches.














Poco después la quilla del catamarán turístico rasgaba con su quilla, como una punta de diamante de cristalero, el espejo de agua del lago camino a la isla de Taquile. La estela de espuma dejaba atrás el arco tejido con totoras con la chakana suspendida, una representación de la Cruz del Sur utilizada por los nativos para conocer los ciclos lunares que marcaban las tareas agrícolas. Lo último que vi fueron fugaces destellos procedentes de las placas solares que el ex presidente Fujimori regaló a los habitantes de las islas flotantes, pero ahora que las he visitado ya no me iré nunca de ellas. Con solo cerrar los ojos puedo verlas con toda claridad, flotando como un sueño sobre el Titicaca.























lunes, 10 de octubre de 2016

Crónicas peruleras. Capitulo XIV: Titicaca

2:12




La carretera de Juliaca a Puno está trazada con tiralíneas. Solo cuando se aproxima a la cuenca del lago Titicaca rompe su rigidez para descender zigzagueando por las faldas de los cerros que rodean la ciudad. A la altura del Mirador Puma Uta se divisa un mar de bombillas que definen en la oscuridad de la noche los límites de la capital que, por un lado, se extiende hasta los muelles del puerto donde las oscuras aguas del lago apagan su titilante centelleo y, por otro, saltan los límites de la llanura litoral, donde se levanta el grueso de los edificios, para trepar entre los barrancos que descienden desde la meseta del altiplano donde sus luces van dejando un mortecino rastro lumínico hasta desaparecer por completo.

Tras un suave descenso por la prolongada cuesta de la carretera que lleva a la terminal de autobuses, llegamos a Puno. Dos empleados de la agencia de viajes nos llevaron hasta el Hotel Hacienda Plaza de Armas, situado en pleno centro urbano. La recepción de los empleados del hotel fue tan cálida como la temperatura del hall. Al lado de los ascensores, sobre una mesita baja, una muñeca de fieltro ataviada con traje regional y sombrero de bombín, al modo de campesina nativa, ofrecía hojas de coca a los clientes. Las aceptamos muy gustosos y preparamos un par de mates de coca bien calientes con los que templar el estómago antes de subir a la habitación.
Aunque empezábamos a acostumbrarnos al soroche, Puno está a demasiada altura como para que sus efectos pasen desapercibidos así es que decidimos acostarnos pronto para amortiguarlos en la inconsciencia del sueño. Al día siguiente nos esperaba un apasionante viaje por el mítico lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, a casi 4.000 metros de altitud por lo que podría pensarse más en volar que en navegar por sus aguas.

Amaneció un día frío pero muy despejado. Los catamaranes cabeceaban amarrados en el muelle, con sus costados rozándose entre sí.  Para acomodarnos en el que nos habían asignado hubimos de pasar sobre varios de ellos, de unos a otros, con poca pericia marinera y mucho riesgo de caer de bruces sobre la cubierta por el obstinado balanceo. Era una embarcación de tamaño medio, cubierta casi en su totalidad por un cerramiento de metacrilato transparente, acondicionada para paseos turísticos por Titicaca, muy similar a las del resto de la flotilla con una capacidad de unas 40 personas.
Apenas soltaron amarras, el guía nos dio la bienvenida y pasó a exponer el plan del día. El catamarán zarpó dejando atrás el puerto y enfiló la proa por un amplio pasillo flanqueado por una vasta pradera de totoras, como conocen allí a los juncos acuáticos que nacen en las orillas del lago. El sordo ronroneo del motor se colaba en el interior de la cabina. Yo había dejado de prestar atención a las palabras del guía y contemplaba absorto como las ondas del agua que despedía el barco desde babor y estribor, iban batiendo incesantemente las primeras líneas de juncos que absorbían con un elegante bamboleo las olas hasta diluirlas en aquella compacta masa vegetal. Salí fuera de la cabina buscando la brisa. El único lugar que quedaba sin cubrir estaba en popa, un reducido espacio usado por la marinería en las maniobras de atraque y desatraque y, allí, encontré un sitio donde acomodarme para disfrutar al aire libre del paseo marítimo.

Una súbita agitación en el interior de la cabina me puso en alerta; todos miraban a estribor. No muy lejos se adivinaba una mancha amarilla sobre el azul turquesa de las aguas. Las islas flotantes de los indios uros están a 2,5 millas de Puno, unos 6 kilómetros que se recorren en poco menos de una hora. El barco ralentizó su velocidad y comenzó la maniobra de aproximación. La delgada línea amarilla comenzó a tomar forma según nos acercábamos. Ahora se apreciaban los perfiles de un grupo de cabañas y algunas barcas de un intenso amarillo dorado con curvadas proas y popas. Un grupo de personas, ataviados con vistosas ropas de colores, se movía sobre la superficie esperando nuestra llegada.


Cuando puse el pie sobre esa gigante estera de totoras entrelazadas, sentí como el suelo se hundía levemente bajo mi peso. Una intensa emoción se apoderó de mí. Quizás Cristóbal Colón hubiese sentido algo parecido al pisar la tierra de la isla de Guanahani el 12 de octubre de 1942.

sábado, 1 de octubre de 2016

Crónicas peruleras. Capitulo XIII: A través de la puna

9:22
Tras una copiosa comida en Yanque, me relamía pensando en la siesta que descabezaría de camino a Titicaca. En el programa de la agencia de viajes una escueta nota Tras el almuerzo, salida hacia Puno (5 horas aproximadamente) parecía presagiar un tedioso viaje que invitaba a recuperar algunas de las muchas horas de sueño atrasadas desde que llegué a Perú. Quizás también así debieron interpretarlo la mayoría de los pasajeros pues al rato dormitaban plácidamente recostados sobre los amplios asientos del bus turístico, sin embargo, los intentos de unirme al sopor colectivo resultaron inútiles. El paisaje que desfilaba tras la ventanilla panorámica era tan bonito que consideré una pérdida de tiempo dormir.


La primera parada se hizo en Patapampa, en el Mirador de los Andes, lugar que habíamos visitado dos días antes. Bajé del autobús como tanta ilusión como la primera vez. Es un sitio tan atractivo que podría regresar una y cien veces al mismo lugar sin cansarme. Desde allí la vista se desparrama por una  planicie cubierta de piedras a la que solo pone límite las impresionantes siluetas de los volcanes. Elena y yo levantamos un par de apachetas como ofrenda a los Apus, dioses de las montañas, para implorarles protección en el camino. Junto a las apachetas, que no son sino pequeños montículos de piedras colocadas unas sobre otras, dejamos unas hojas de coca, siguiendo las costumbres seculares de los pueblos indígenas andinos. Quizás el valor sagrado de este ritual y el hecho de considerar un sacrilegio quitar las piedras sea la razón de ver tantas apachetas intactas por los intrincados caminos del viejo virreinato.



De nuevo en ruta el paisaje seguía ofreciendo lo mejor del Altiplano peruano. En la inmensa planicie salpicada de quebradas, barrancos, cauces de ríos y cerros coronados con piedras modeladas caprichosamente por la erosión, el verde de la vegetación de los pequeños humedales o bofedales contrasta con el pardo del entorno y los amarillos de los pajonales de gramíneas como el ichu que sirven de pasto para los muchos rebaños de vicuñas, llamas y alpacas que encontramos a lo largo de todo el viaje. 


A más de 3800 metros de altitud las someras aguas de los bofedales, que afloran del subsuelo, constituyen auténticos oasis de vida en el paisaje seco y árido de la puna.


En Patahuasi hubo una nueva parada para tomar un snack en el ya familiar Restaurante Chinitos, refrigerio por cortesía de la empresa de autobuses 4M Express. Si la compañía aérea LATAM no tenía parangón en los cielos en el trato al cliente, 4M Express tampoco lo tenía en la Ruta Interoceánica 34A. La azafata, una señora de marcados rasgos andinos y de una belleza sencilla, intuyo que sin más cosméticos que el agua y el jabón, con buen dominio del portugués y también del inglés, se gana su sueldo con creces, compatibilizando su trabajo de guía con el de enfermera de primeros auxilios. Sin perder su sonrisa serena repartía mate de coca y galletas, o nos ponía en la frente gasas empapadas de alcohol para descongestionar la cabeza de los apunados pasajeros, o sea, afectados por el mal de altura, que en esas latitudes es próxima a los 4.000 metros. A cambio, todo lo que pude hacer por ella al llegar a Puno, fue ayudarle a sacar de los bajos del autobús las pesadas maletas de los turistas, gesto que agradeció con una sonrisa cansada, con la que me di por muy bien pagado.

La última parada antes de llegar a Puno la hicimos en Lagunillas, un lago de considerables dimensiones a 4.200 metros de altitud, rodeado del mismo áspero paisaje que veníamos arrastrando desde que salimos de Chivay. La luz crepuscular comenzaba a enseñorearse del cielo y con ella un frío intenso que dejó sentados a muchos en el calorcillo del autobús. Yo bajé con la sola intención de hacer unas fotos a los flamencos que se veían a lo lejos, pues nos habían avisado que solo estaríamos 10 minutos, pero a cada paso mi vista quedaba enredada entre los destellos del azul metálico de las aguas del lago, en las motas de nieves que coronaban la cima de las montañas, las pardas piedras de una  apacheta o en las espinas de los resecos matojos, buscando con afán un ángulo para la foto definitiva que hiciese justicia a la belleza del lugar. ¿Sería yo acaso el elegido entre los mortales para levantar acta visual de este cachito de la Creación de Dios? Pues si no lo conseguí puse mucho empeño en ser su notario.


En la distancia Elena agitaba el brazo conminándome a regresar. Hube de acelerar el paso para no retrasar la salida del bus de modo que cuando ocupé de nuevo mi asiento, y reprobado por la mirada de mi mujer, mis pulmones se agitaban tan desesperadamente como las branquias de un pez en tierra intentando extraer un poco de oxígeno que me aliviara de la asfixia.

Ya de noche atravesamos en medio de un caótico tráfico, Juliaca y en poco más de media hora avistamos Puno ¡la quinta ciudad más alta del mundo!.

Sugiero a la agencia de Viajes Pacífico que corrija de inmediato la poco afortunada frase del programa Tras el almuerzo, salida hacia Puno (5 horas aproximadamente y la sustituya por otra más ajustada a la realidad donde pueda leerse Tras el almuerzo, prepárense señores turistas para disfrutar de un apasionante viaje de cinco horas a través del incomparable paisaje del altiplano peruano.

martes, 27 de septiembre de 2016

Crónicas peruleras. Capítulo XII: El Valle de los Incas

10:46

Cuando los últimos cóndores se perdieron en el horizonte desandamos el camino siguiendo el curso del río Colca aguas abajo. El río discurre encajonado por el fondo de una de las fallas más profundas de la Tierra, alcanzando cotas de más de 4.000 metros en las proximidades del Mirador de la Cruz del Cóndor.

La carretera serpentea por la margen izquierda del río, la única practicable para vehículos. En la margen derecha la cordillera volcánica Chila bascula sus laderas con profundas y amplias hendiduras sobre el río, convirtiendo sus flancos en farallones inexpugnables. Poco antes de llegar al bonito pueblo de Maca, el río Colca abre su cauce a un valle, al que le da su nombre. En ese punto comienza río abajo una de las obras de ingeniería más sorprendentes de la Humanidad: cientos de miles de andenes o terrazas de cultivo conforman un bellísimo paisaje agrícola apreciable desde cualquiera de los improvisados miradores que bordean el abismo. Estos bancales de tierra construidos de forma escalonada por las laderas de las montañas nos acompañarán en adelante hasta el final del gran viaje por este maravilloso país. Hablar de ellos llevaría mucho tiempo y ocuparía demasiado espacio en un blog que pretende ser ameno pero no puedo dejar de mencionar lo que fue para mí una de las cosas que más me cautivó por la inteligencia de su diseño y su capacidad de transformación de una zona prácticamente estéril para la agricultura, por las durísimas condiciones ambientales y del terreno, en un vergel que fue capaz de alimentar por sí solo a millones de personas del extenso Tahuantinsuyo, el fabuloso imperio inca y, sobre todo, me cautivó por el respeto a la Pachamama, esa Madre Tierra tan bien honrada y respetada por los hijos de Inti, el dios Sol, que supieron sacar lo mejor de ella sin destruirla, ni afearla.



Desde la altura del mirador los rayos de sol se esparcen en haces luminosos sobre el fondo del valle; tras una radiante veladura, al fondo del escenario, miles de metros cuadrados de tierra y roca fueron removidos desde tiempos prehispánicos, dejando de resultas un suelo fragmentado en miles de terrazas que alfombran de escalones un paisaje de singular belleza, rematado por el cono del volcán Mismi de cuya cima cubierta de nieve surgen las fuentes en las que río Amazonas toma sus primeras aguas.

 

La iglesia de Santa Ana de Maca es tan bella como la de la vecina Inmaculada Concepción de Yanque y, al igual que ésta, su blanca silueta llena un costado de la Plaza de Armas. En su interior se levantan ricos altares cubiertos de pan de oro e inconfundibles lienzos de la escuela cuzqueña. En torno a la plaza se extienden decenas de tenderetes con productos artesanales que actúan como un imán por sus colores sobre los turistas que recorremos el Valle del Colca.

Tras una sabrosa comida en un bonito restaurante local donde pudimos degustar una vez más la rica variedad de platos de la cocina peruana nos preparamos para proseguir viaje a Puno y Titicaca.


Antes de abandonar el Valle del Colca quiero tener un recuerdo para Ichupampa, un pueblo que no visitamos pero que sí vimos desde la otra orilla del río, cuando paramos en un mirador próximo a Achoma a echar un último vistazo a las curvilíneas andenerías ciñéndose a las laderas de la cordillera. Ichupampa es otro de la docena larga de pueblos -reducciones de indios- que fundaron los españoles en el Valle del Colca en el siglo XVI. Pocos días después de regresar a España oí la noticia de que había sido asolado por un terremoto. Las secuelas de destrucción y muerte también afectaron a otros pueblos que habíamos visitado pero la peor parte se la llevó éste. Las torres de su iglesia se desplomaron, lo mismo que muchas de sus humildes casas construidas con pirca -piedras si labrar y sin unir por mortero- y techos de ichu -paja del altiplano que crece a gran altitud-.



Todo el valle es muy inestable geológicamente y está en alerta permanente debido a la amenaza de seísmos y corrimientos de tierra, cuando no por las erupciones volcánicas. En esta ocasión nadie pudo culpar a Pachacamac, el temible dios de los Temblores, porque como sabéis los que me leéis, éste permanece en mi casa curando sus heridas de los desmanes infligidos hacia él por el cruel y avaro Hernando Pizarro (capítulo V). 

El microbús enfiló por la empinada cuesta de la carretera que desde Chivay, en el fondo del valle, nos llevó de nuevo al Altiplano. Atrás quedaba el llamado Valle de los Incas, más conocido como el Valle del Colca, un lugar difícil de olvidar por su historia, costumbres y, sobre todo, por sus más de 60.000 hectáreas de andenería prehispánica hoy en peligro de extinción por lo costoso de mantenerlas en pie y la desventaja de comercialización de sus productos. Cada vez más tengo la horrible sospecha que estamos dejando perder irremediablemente un rico patrimonio que jamás recuperaremos. Y lo triste, tristísimo, es que podríamos evitarlo con un poco de esfuerzo e imaginación. Se nos cae el mundo a pedazos y permanecemos impertérritos ante la lluvia de cascotes que caen sobre nuestras cabezas y conciencias. ¡Eso sí que es ser idiotas!




lunes, 12 de septiembre de 2016

Crónicas peruleras. Capítulo XI: el vuelo del cóndor

9:14

Salimos de Chivay con destino al Mirador de la Cruz del Cóndor para ver planear de cerca a estos carroñeros, elevados a la categoría de mensajeros de los dioses en la mitología andina. Los Andes es el único sitio del mundo donde se pueden observar en libertad estos gigantes alados y nosotros estaríamos entre los afortunados de poder contemplarlos. La distancia apenas era de unos 40 kilómetros pero recorrerlos llevaba, al menos, dos horas por la sinuosidad del terreno y las pronunciadas curvas que zigzaguean por las laderas salvando los desniveles de una carretera de montaña que a tramos se convertía en pista de tierra.

A pesar de lo escabrosidad del terreno, el viaje fue muy entretenido por las numerosas paradas en pueblos, miradores y puestos de artesanía que había a lo largo del trayecto, tantas que no hubo tiempo ni para marearse en las vueltas y revueltas del microbús. Bastaba con llegar antes de que el sol recalentase las corrientes de aire que aprovechan los cóndores para elevarse sin esfuerzo a lo más alto del cielo para luego lanzarse desde allí por un tobogán invisible planeando entre las cimas y quebradas de la cordillera, sin dar un solo aletazo mientras sobrevuelan precipicios en busca de algo que comer.


La primera parada la hicimos en la Plaza de Armas de Yanque, frente a un bonito edificio de aspecto colonial construido a principios del s. XX para albergar una escuela, hoy reconvertida en museo. La importancia del turismo en la economía local es patente en todos los pueblos. Nada más descender del autobús un grupo de chicas jóvenes danzó en torno a la fuente que hay en el centro de la plaza, frente a la iglesia. Ahora que escribo estas líneas me viene a la cabeza la cantidad de bailes y comparsas que vimos en diferentes pueblos de la región. Quizás eso forme parte del acervo cultural español. Tampoco faltaban los puestos de venta de artesanías ni de mujeres ataviadas con sus vestidos tradicionales de falda larga, chalecos bordados y sombreros con cintas que posaban para ser fotografiadas a cambio de unos soles, junto a llamas adornadas con tejidos de vistosos colores o preciosas águilas posadas en sus antebrazos.

      








Como muchos pueblos del Valle del Colca, Yanque tiene su origen en las reducciones de indios que fundaron los españoles en el siglo XVI por toda América. Con la idea de evangelizarlos y tenerlos controlados política y militarmente, los desarraigaron de sus caseríos, creencias, sistemas de organización social y de su propia cultura y los concentraron en poblaciones que seguían un mismo modelo que vi repetido en todos los pueblos que visitamos dentro y fuera del valle. Los trazados respondían a una minuciosa planificación con calles que se cortan en ángulo recto formando manzanas o cuadras en torno a una plaza mayor, llamadas aquí también plaza de armas, en las que se erigen los edificios principales de la administración, el poder civil y eclesial.





Dado que las iglesias eran los focos desde donde irradiaría la labor evangelizadora, su tamaño y majestuosidad eran acordes a su poder, suplantando con sus dimensiones las huacas o lugares sagrados de las poblaciones preexistentes. Sus imponentes moles son visibles desde todos los rincones del pueblo alzándose como montañas divinas sobre las humildes casas de adobe y techos de paja. La iglesia de la Inmaculada Concepción de Yanque es, sin duda, un buen ejemplo de ello y aun hoy constituye el principal atractivo del pueblo. Construida en 1560 hoy está considerada la joya de la arquitectura colonial del valle por lo que ha sido declarada Patrimonio Nacional. Sigue la estética del barroco-mestizo, del que ya he hablado en capítulos anteriores, como las demás que se construyeron en el Valle del Colca, sin embargo, estas iglesias se diferencian de otras del mismo estilo por las alargadas proporciones de sus naves que resaltan la horizontalidad del edificio, las gruesas torres que flanquean las portadas del pie de la iglesia y los blancos muros cinchados por contrafuertes. El resultado es un conjunto de aspecto limpio, sencillo, de suaves formas, como de un pastel de nata coronado por pináculos en forma de velas.




No muy lejos de allí, expectantes, se recortan en el horizonte las siluetas de los volcanes Ampato y el humeante Sabancaya, los verdaderos apus o divinidades de los collaguas y cabanas, realzados por el nítido azul celeste. ¡Qué inolvidable estampa para un manchego!





Carlos, el guía de voz suave que todo lo acababa en un “sí” a medio camino entre la afirmación y la interrogación, nos apuntó cosas muy curiosas sobre el sincretismo religioso mientras contemplábamos la Virgen de Chapí, nombre con el que se designa allí a la virgen de la Candelaria que despierta gran devoción entre los fieles por su capacidad milagrera. En su afán evangelizador los misioneros buscaron la forma de atraer a la población nativa a la fe cristiana y encontraron puntos comunes con las creencias de los pueblos precolombinos en la Naturaleza, asociada a la fertilidad y la producción de alimentos. Así pues, edificios e imágenes religiosas incorporaron a sus piedras y tejidos elementos decorativos que recordasen a la Pachamama o Madre Tierra de los indios. Animales y vegetación andina contribuyeron al establecimiento de la dualidad Virgen-Pachamama. Las vírgenes, como esta de Chapí, van cubiertas por mantos que se abren desde el cuello a los pies en forma de cono, dando la apariencia de la silueta de una montaña considerada un Apu o elemento sagrado para estos pueblos. Para ganar en credibilidad un bordado de flores se extiende por el manto a imitación de la vegetación que cubre las laderas de las montañas.


En todas las imágenes llama la atención su vestimenta. Casi sin excepción, la mayoría van vestidas con los trajes típicos del lugar, como esta virgen de Chapí tocada con un  sombrero blanco de paja, el mismo sombrero que portan las mujeres collaguas, alegoría del nevado Collaguata, de donde procedía su etnia y que las diferencian de las mujeres cabanas que portaban uno de paño, tejido con flores y la estrella de ocho puntas, símbolo de la cultura Wari a la que pertenecían. Esta diferenciación vino impuesta por el virrey Francisco de Toledo para sustituir a la más cruel y brutal deformación craneana que practicaban estos pueblos para diferenciarse entre sí antes de la llegada de los españoles. Al menos algún elemento civilizador de cabeza aportamos los españoles.



Hicimos unas breves paradas antes de llegar a la Cruz del Cóndor. Cuando llegamos ya había

muchos autobuses y decenas de turistas se apostaban apiñados en las barandillas de los miradores con sus cámaras dispuestos a hacer la mejor foto de los cóndores, las verdaderas estrellas del lugar, que hacían del cañón su peculiar pasarela. Desde allí se les veía desfilar majestuosos con sus vestidos de plumas marrones o negras azabache y, como complemento, una delicada gargantilla de plumones blancos en sus cuellos. Pasaban muy cerca de nosotros para después ir alejándose hasta convertirse en un pequeño punto negro que desaparecía fundido entre las rocas del cañón o terminaba esfumado en el bonito cielo azul de aquel día. Una pareja posaba indiferente al espectáculo de los humanos, sobre un saliente de la roca conocido como la Cabeza del puma. Debajo de ellos se abría un precipicio de 1200 metros, al fondo del cual discurre el río Colca, pero ellos permanecían impertérritos ante el temible vacío que se abría baja sus garras; de frente murallones de piedra de 3000 metros.


A una altura considerable con temperaturas extremas, en el entorno del Mirador crece una vegetación arbustiva de tipo desértico donde el cactus destaca sobre el resto de los matorrales y pajonales del altiplano. La belleza del lugar merece por sí sola la visita. El mítico kuntur, como se llama en quechua al cóndor, es solo la guinda del pastel.

  


Si en esos momentos mi estado anímico hubiese podido manifestarlo como los cóndores, que cambian el habitual color rojo de la cabeza al amarillo cuando están en celo, mi mollera habría lucido como un semáforo trasnochado incapaz de asumir tanta emoción.




viernes, 2 de septiembre de 2016

El Obispero* del Castillo de Garcimuñoz

9:08


La visita al Castillo de Garcimuñoz surgió como surge todo lo bueno, espontáneamente. En el wasap de los Pata Negra, Rosario, una integrante del grupo de los viejos compañeros que estudiamos el bachillerato en San Clemente entre 1976 y 1980, nos invitó a pasar el día en su pueblo y, de paso, ver el resultado del castillo prácticamente recién restaurado, restauración que ha levantado agrias polémicas entre propios y extraños.



Acudimos todos los Patas que estábamos disponibles por los alrededores: San Clemente, el Provencio, la Alberca del Záncara y Valera de Abajo, el pueblo “de las puertas”. A las 10 los coches se agazapaban a la sombra de las viejas murallas del castillo. Al cabo de unos minutos llegó el guía y se agregaron algunos turistas más.

Rosario había organizado la visita con el guía local, Gerardo, un joven con aspecto de galán, que desinteresadamente se prestó a deshilvanar la complicada historia bajomedieval del Señorío de Villena para los escasos turistas que recalan por allí quizás porque lo bueno siempre ha sido un privilegio de pocos. Todo lo que yo sabía del Castillo de Garcimuñoz  era que Jorge Manrique, una vieja gloria de nuestras letras nacionales, había muerto en el asalto al castillo a las órdenes de Isabel la Católica. Por eso, no es de extrañar que al ver a Gerardo mostrar cierta impaciencia por empezar sin más demora la visita porque “si no, no nos daría tiempo a ver todo”, despertase en mí gran curiosidad por ver cómo podría dar de sí la visita a un pueblo con algo menos de 200 habitantes, con un castillo recién restaurado del que apenas se conservaron las murallas desprovistas de almenas y una iglesia a su costado que solo se abría en horario de misa.

Como de costumbre me puse a su lado, como siempre hago cuando hay un guía, para no perderme detalle. La visita empezó por lo que teníamos más a mano, el castillo, y no tardó en saltar la polémica a la vista del mazacote de hormigón adosado a la muralla por la que se accedía al interior de la fortaleza, justo en el lado más vistoso del conjunto, donde se encuentra la soberbia portada rematada por una espléndida barbacana. Para muchos aquello podría interpretarse como un acto de sabotaje o de soberbia de la arquitecta-restauradora que afea, en mi opinión, de forma manifiesta la entrada al castillo y da todo el protagonismo a su obra. ¡Qué diferente forma de firmar una obra! Hace siglos bastaban unas sencillas marcas de cantero en los sillares de los muros para reconocer la autoría del artesano y poder percibir su salario al final de la obra.

 
Cuando traspasas el umbral es difícil no quedar impactado por la cantidad de estructuras metálicas y de metacrilato que llenan la entrada, el patio de armas, los torreones…. Ni siquiera desde la atalaya de la torre del homenaje puedes librarte de su presencia. Sinceramente no vi ninguna vinculación entre un castillo cuyos orígenes se remontan más allá del s. XII y esa obra ultra moderna que quizás sirva para los fines culturales para los cuales se hizo pero que tan poca consideración tuvo hacia la estética del castillo medieval. De esta simbiosis no se ha obtenido un beneficio común, más bien, es una relación parasitaria donde la obra de Izaskun se beneficia de las ruinas del castillo y éste, a cambio, sale muy perjudicado. Pero quién sabe si esta actuación no puede resultar altamente mediática y atraer al pueblo a muchísima gente como en su día lo hizo el restaurado Ecce Homo de Borja. Entonces los castilleros* si estarían de enhorabuena.


Sin saberlo, los versos de Jorge Manrique resultaron premonitorios con respecto a la fugacidad de las cosas y la vida.

los edificios reales
llenos de oro,
las vajillas tan febridas,
los enriques y reales
del tesoro;
los jaeces, los caballos
de sus gentes y atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscallos?

(Coplas por la muerte de su padre)

Ni el bueno de Gerardo ni Elena, la joven guía que nos mostró el interior, se quisieron pronunciar, quizás ya cansados de tantas diatribas.  Todo lo más que dijeron es que a nadie dejaba indiferente la obra, una forma elegante de decir que levanta pasiones encontradas y, que incluso, apostillaron, un grupo de arquitectos norteamericanos había venido de Massachussetts expresamente a verlo. Y es que para gustos, colores.

Antes de abandonar el castillo encontré entre sus gruesos muros la foto que prometí por wasap el día anterior a Eldad, un amigo judío sefardí que conocí en Perú. Se trata de esta tronera de “cruz y orbe” tan propia, esta sí, de la arquitectura de un castillo, usada para disparar a través de ella con armas de fuego.

 

El sol comenzaba a calentar muy fuerte, demasiado para ser finales de agosto, por eso cuando abordamos la calle de la Corredera, la principal del pueblo, buscamos la sombra de las fachadas. El guía se veía más seguro conforme se alejaba de la embarazosa explicación de la restauración del castillo y comenzó a dar detalles muy prolijos de escudos, portadas y genealogía de las ilustres familias que dominaron aquellas tierras, y que testimoniaban la importancia del pueblo durante toda la Edad Media.


Me llamó la atención, especialmente, la tendencia de aquellos paisanos a dividir las herencias de forma tan metódica. Una portada señorial de difícil indivisibilidad, se resolvió por el expeditivo método de poner un pilar bajo la clave del dintel y abrir un par de puertas en su vano para acceder a dos viviendas diferentes; o bien, como la unidad de una fachada noble, muy bien definida por el porte de sus sillares y ventanas enrejadas, resultaba tan engañosa a los sentidos que una de las ventanas correspondía a la casa de tapial del lado izquierdo y la otra ventana a la casa, no menos humilde, del lado derecho, llevando la puerta principal de acceso a un patio de vaya a saber quién era el propietario. Más adelante vi otros ejemplos como el de esta vivienda con un costado impoluto, donde la pulcritud de uno de sus moradores se ve realzada por la desidia del otro.




Peor suerte corrió el convento de las monjas agustinas fundado en el s. XV, repartido entre ocho vecinos, hecho que me dio la oportunidad de tomarme a media tarde un gin tónic en el interior del cenobio, sin saber, eso sí, en qué parte del mismo estaba, ¿quizás el refectorio?, porque en ese lugar ahora está ubicado el bar del alcalde. El Hospital de Nuestra Señora de la Concepción del s. XVII y la sinagoga también siguieron los mismos pasos, de modo que un rico patrimonio se vaporizó en el tiempo y pasó a formar parte del patrimonio privado.

Y así llegamos al final de la calle donde topamos con la fachada de una casa bien enjalbegada. La cal la impregnaba de un aspecto rústico igualándola a las demás pero se distinguía de ellas por el porte señorial que le daban sus dimensiones, las recias rejas y la placa conmemorativa que anuncia que en aquel lugar se erigió en tiempos el convento de San Agustín. Mientras esperábamos a que el dueño, José María González, nos abriera la puerta para acceder a las ruinas del convento, el guía conjeturaba en una plazoleta vecina sobre la ubicación de un arco medieval de acceso a la villa del que solo queda un viejo escudo en la pared del patio de un vecino; medio oculto por la plantas solo es posible contemplarlo cuando la brisa mueve las hojas. Con pocos ánimos de salir de la sombra que nos resguardaba del inclemente sol distrajimos nuestros ojos, haciendo tiempo, en la casa del cura, la cual tenía una fábrica de buen sillar y un historiado blasón. 
  
Al cabo de un rato salió de su casa un señor bien conservado para su edad, elegante, extrovertido y de trato afable que reclamó para sí ser tuteado, incluso antes de que ninguno de los presentes se dirigiese a él, con un campechano José María a secas, amenazando con excomunión a quien le llamase don José Mari, algo que le sacaba de quicio, según afirmó taxativamente. Con amabilidad nos hizo pasar por una estancia aledaña a la casa principal que llevaba al corral. La sorpresa fue cunado nos topamos de frente con un bonito ábside de estilo gótico rodeado de contrafuertes. Solo entonces comprendí porqué por la mañana, el guía nos dijo que intentaríamos visitar una casa convento. Lo propio hubiera sido decir que visitaríamos un convento situado dentro de una casa. Se trata del convento de frailes de San Agustín fundado a comienzos del s. XIII por D. Juan Manuel, hijo del infante Manuel de Castilla, sobrino de Alfonso X el Sabio y nieto de Fernando III el Santo. Esta familia, estrechamente vinculada a la realeza, obtuvo el Señorío de Villena que abarcaba un inmenso patrimonio y una autonomía similar a la de los otros reinos peninsulares. El castillo de Garcimuñoz fue el palacio en torno al cual se reunió una numerosa corte de aduladores en busca de títulos y privilegios. Incido en esto brevemente para que seamos conscientes de lo que este humilde pueblo de hoy llegó a ser en la convulsa España medieval.

José María, licenciado en Ciencias Políticas y abogado de profesión es el erudito del pueblo, autor de un libro sobre la historia de la villa, así es que Gerardo, inteligentemente, le cedió el testigo y pasó a explicarnos el convento con todo tipo de detalles. Tras las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, que supusieron la venta masiva de propiedades y edificios religiosos a personas privadas, el convento, tras diversos vaivenes, pasó a manos de su bisabuelo. Del convento apenas se conservan el mencionado ábside de la iglesia, una capilla lateral que sirve de almacén de restos de piedras talladas de fina factura y algún lienzo del claustro que no tardará en caer, hoy convertido en un tupido herbazal. Sobre los lienzos de lo que fue el altar mayor resalta un claroscuro de un extraño y llamativo elemento decorativo que a primera vista podrían parecer engaños de tracería morisca pero cuando centras más la atención descubres algo mucho más prosaico pero no por eso menos bello. Se trata de nidales para las palomas que algún antepasado de nuestro cicerón mandó construir para aprovisionar la despensa de pichones. Nunca el Espíritu Santo vio tanta progenie a su alrededor, ni hubo palomas más bendecidas pues nacieron en tierra sagrada entre el escudo arzobispal y los gabletes* de los arcos apuntados que posiblemente en su día acogieron en sus vanos sepulturas de ilustres castilleros.

 

Antes de irnos José María tuvo la gentileza de mostrarnos también su casa, una preciosa vivienda del siglo XIX acorde al estilo burgués de la época, con techos y paredes pintados a mano, lámparas modernistas, suelo de baldosas hidráulicas, mobiliario de época donde no faltaba tampoco un piano desafinado, ni fotos en color sepia o blanco y negro de la familia, o un retrato de su abuelo médico dibujado a lápiz, de muy buena calidad, a decir de Albareda, nuestro académico de Bellas Artes del grupo de los Patas.

En Garcimuñoz, como en muchos sitios, se han borrado las huellas físicas de un trozo de su historia no por el paso del tiempo sino, en este caso, por premeditación y alevosía del Santo Oficio que se encargó de diezmar a la numerosa población judía que allí habitaba y, con ellos, a sus casas, su sinagoga y hasta su aljama entera de la que nada queda salvo la certeza de que un día existió y unas huellas que solo pueden rastrearse en el trazado de sus calles. La relevancia de éstos en la vida económica de la villa y, especialmente, en el entorno del Marqués de Villena como prestamistas, les acarreó numerosos enemigos entre los cristianos viejos que avivaron el antisemitismo. El Tribunal de la Inquisición inició una persecución sin tregua de los judíos en nombre de la fe de Cristo poniendo tanto celo en erradicar la herejía como en adueñarse de los bienes de los condenados, que obligados por la fuerza y el temor a perder la vida y haciendas hubieron de convertirse al catolicismo. Los que no lo hicieron se vieron forzados a abandonar sus casas o fueron condenados por prácticas judaizantes como encender un candil el viernes o tener mandrágoras en casa, una planta muy apreciada por las brujas y magos para hacer sus conjuros. 

Otra puerta de acceso a la villa y corte del Castillo de Garcimuñoz, es la Puerta del Sol, situada a mediodía. La imaginaria puerta había desaparecido hace muchos años pero el inclemente sol permanecía en lo alto dejando mínimas sombras donde guarecernos. Desde el altozano se divisa a un par de kilómetros un monolito que indica el paraje donde el poeta y capitán de la reina Isabel la Católica, Jorge Manrique, cayó herido mortalmente por una flecha, en una refriega que enfrentaba a la reina con el díscolo y poderoso Marqués de Villena, dueño y señor de aquellas tierras. Hasta entonces yo había creído en otra versión donde se cuenta que murió en el asalto a sus murallas. Visto así, la muerte fue menos heroica pero no por ello menos cierta.

Desde las ruinas de la iglesia de San Juan, a dos pasos de donde toman el sol o el fresco según las estaciones, los padres de Rosario, se divisa un lienzo de la muralla que rodeaba la villa, tan solo e inerme como un huérfano desamparado y un poco más acá, coronando un cerrillo, otro resto de la misma, éste en forma de arco ojival, desde donde se domina una bonita panorámica del pueblo con su castillo.

Para terminar la visita bajamos hasta la Fuente de Abajo, un sitio la mar de curioso y digno de visitar porque en pocos sitios de España encontraréis otro igual. Se trata de una conducción subterránea que recoge el agua de un manantial. Termina en una fuente situada en el interior de lo que parece una ermita, a juzgar por los arranques de las nervaduras que recorrerían una bóveda hoy desaparecida. Las aguas vierten, ya en el exterior, en un abrevadero para caballerías y ganado, y también para los paseantes como nosotros que a esas horas ardientes de mediodía ya bien entrado, refrescamos el gaznate con su agua fresca. Pero lo curioso de ver está en el interior del subterráneo. Pasamos en pequeños grupos de cuatro o cinco acompañados por el guía. Doscientos y pico metros por un estrecho pasadizo de no más de 1,80 metros de altura y tramos de menos de 1,50 metro que te obliga a avanzar agachado. El techo se alarga en forma de ojiva longitudinal hasta cada recodo desde donde arranca un nuevo tramo. A trechos hay chimeneas de ventilación. En un punto el subterráneo se bifurca en dos ramales, uno que dicen que va hasta el castillo y otro hasta la poza donde se recoge el agua del manantial que corre por un estrecho canalillo debajo de nuestros pies. La iluminación, ora verdosa, ora roja o morada, pone un contrapunto enigmático a la galería.

La guinda del pastel la puso la paella que comimos en el bar de Santos. Se hizo de rogar más de una hora pero sobrevivimos a ese vía crucis con unos buenos tercios de cerveza y el picoteo que las acompañaba. Y allí, en agradable compañía y buena conversación saciamos el hambre y la sed.



El resto de la tarde la pasamos repartida entre la visita al interior del castillo, del que no volveré a hablar, unas refrescantes bebidas en el mencionado lugar indeterminado del desaparecido monasterio de las agustinas y en la acera de la casa de Rosario reguardados a la sombra y expuestos al fresco que bajaba de las ruinas de San Juan y enfilaba la calle donde teníamos sentados nuestros reales entre chanzas y risas reponiendo fuerzas y gozando del merecido descanso de tan intensa visita.

Y así, queridos lectores, pongo fin a este relato y me despido del Castillo de Garcimuñoz haciendo uso de los versos del ilustre poeta Jorge Manrique:


“Dejónos harto consuelo
su memoria”


*Obispero: término figurado que me vino a la memoria cuando José María mencionó la larga lista de obispos que proveyó al mundo el pueblo.
*Gablete: Remate decorativo de líneas rectas y ápice agudo, a manera de frontón triangular, que corona los arcos u ojivas de ventanales y vanos; es un elemento característico del primer periodo gótico.
*Castilleros: Gentilicio de los habitantes del Castillo de Garcimuñoz.