miércoles, 14 de junio de 2017

Post Facebook Junio 2012

9:57






4 junio 2017

Frente a la férrea voluntad de un grupo de viejos amigos de pasar un fin de semana juntos, las peores previsiones meteorológicas no fueron una amenaza, como tampoco lo fue la distancia. Bastó el sano deseo de querer compartir espacio y tiempo en Alcanadre, un pueblecito riojano, para que algunos salvasen distancias considerables y acudiesen a la llamada dejando hacienda, familia y negocios por un par de días con la fe de los conversos. Y todos recibimos el ciento por uno, com...o en el evangelio de San Marcos. Así se muestra la generosidad de la amistad, recibiendo mucho más de lo que se da. De nuevo la camaradería de época estudiantil surgió tan espontánea como las risas y atrajo el frescor de la juventud en torno a una mesa, una bodega, un monasterio, una iglesia, un puente, un paseo por el campo. Tocados por el don de lenguas el entendimiento fue absoluto en todo momento a pesar del​ vino. Nunca, desde mi boda, Alcanadre se vio tan lleno de buenos manchegos.










 






 
7 junio 2017

Sábado, 3 de junio, la lluvia repiquetea de madrugada en los cristales de la ventana. En la oscuridad del dormitorio improviso un nuevo plan para evitar los caminos embarrados de la ruta que íbamos a hacer esa mañana a la ermita de Aradón. En su lugar pisaremos el asfalto mojado de Estella, un bonito pueblo navarro próximo a Alcanadre. A la altura de Ayegui se anuncia el monasterio de Irache. Su irresistible cabecera románica enmarcada por las verdes vides y el pico de Montejurra, invita a bajar. Desde el primer momento sorprende la iglesia medieval y el claustro plateresco por el fino labrado de sus piedras. Camuflado en un capitel, un monje obeso apura a hurtadillas una copa de vino de la bodega vecina. El monasterio fue casi todo lo que puede ser un edificio como se manifiesta en la superposición de estilos y anejos: hospital de peregrinos, universidad, acuartelamiento, colegio de curas, parador y, en la actualidad, un bonito lugar donde perderse.

Casi sin salir de Ayegui entramos en Estella, plena de iglesias románicas que compiten entre sí por el título de la más bella, herencia en piedra del Camino de Santiago que hizo de la villa una próspera ciudad mercantil. En torno al meandro del río Ega se levantaron los barrios viejos, cada uno con su parroquia (San Miguel, San Pedro de la Rúa…) unidos por el Puente de la Cárcel, de un solo ojo como el cíclope Polifemo, reconstruido siguiendo el modelo del viejo puente del s. XII. Quedaron muchas cosas sin visitar porque el tiempo huye irreparablemente, como cantó el poeta pero siempre nos dejará un buen pretexto para volver.







 


 

 


8 junio 2017

En tierras de Estella no cayó una sola gota en toda la mañana demostrando a Google que nada es infalible salvo la muerte. Fue a mediodía, poco antes de asar las chuletillas, cuando convertidas en aguacero se presentaron con gran alboroto de truenos en la puerta de la bodega acompañando a Esperanza, la rezagada compañera y sufrida atlética, que vino de Madrid huyendo de la previsible celebración merengue sobre la Juventus que su marido, hijos y otros amigos vikingos habían preparado en su casa. Como nada es eterno, a media tarde escampó y bajamos paseando hasta la Barca, un hermoso paraje junto al Ebro rodeado de huertas, frutales y viñedos, muy próximo al pueblo. Donde hoy hay un merendero, antaño hubo una barcaza que amarrada a una sirga de acero cruzaba el río cada día cargada de hombres y bestias para llevarlos al Campillo, un trozo de la Rioja en tierras navarras por donde se extiende la feraz huerta alcanadresa. Una crecida le cortó el débil hilo que nos une a la vida y la arrojó aguas abajo. De su memoria solo queda medio oculto entre la vegetación el sólido punto de amarre, casi un homenaje a Chillida, y un pilar de hormigón al que permanecen anclados los restos del cabestrante y sus ruedas dentadas oxidadas. A dos pasos se encuentra la vieja central eléctrica, donde el soto toma proporciones de enmarañada selva por la abundancia de zarzas que la hacen impenetrable. Desde el dique que represa las aguas para abastecer las turbinas, hay maravillosas vistas del Ebro, como muestra la fotografía de Acacio, donde las ramas de un tilo reflejadas sobre la superficie caracolean sobre el Ebro en un portentoso juego de luces. Disfrutamos del paseo mientras las conversaciones se multiplicaban en todas direcciones y las cámaras captaban imágenes como estas otras de Mercedes que desmienten​ el dicho que “no se pueden poner puertas al campo”














10 junio 2017

El domingo amaneció el pueblo baldeado por las lluvias​ nocturnas. Desparramados por el suelo de la plaza todavía perduraban algunos charcos de agua que daban apariencia de cristales rotos destelleando al paso de la tenue luz que se filtraba entre los escasos claros que se abrían entre las nubes. Desde la terraza se divisa una amplia panorámica sobre los tejados de Alcanadre y el campo que le rodea, ocasión que no desaprovechó Úrsulo para captar la bella rusticidad de las tejas alineadas, el juego de volúmenes de los edificios o el vacío abierto de la plaza. La humedad impregnaba de color opaco la materia reavivando sus tonalidades. El cielo gris plomizo que se extendía desde la Sierra de la Hez hasta el valle del Ebro presagiaba nuevas precipitaciones haciendo muy creíble, en esta ocasión, el icono de la nubecita despidiendo rayos y gruesas gotas de lluvia de la aplicación de Google, pero la decisión de ir a la ermita era irreversible. Comenzó a chispear nada más llegar a la cumbre del monte. Buscamos refugio entre las matas de carrasca y cuando escampó nos lanzamos decididos cuesta abajo con la mirada puesta en las imponentes Picas de Aradón, unos cortados de agudos bordes que amenazan con derrumbarse a cada momento sobre el Ebro. Apenas andamos unos metros, un relámpago iluminó brevemente el espacio; una sucesión de truenos secos trajo consigo la anunciada tormenta que descargó baldes de agua sin consideración alguna sobre nosotros. Buscamos refugio bajo los paraguas que previsoramente habíamos cogido y de dos en dos, abrazados como amigos enamorados, emprendimos el paseo hacia el pueblo. A la izquierda vimos a los buitres varados en las cornisas de las escarpadas paredes de yeso y arcillas; a la derecha el exuberante Soto amamantado por el agua mansa del Ebro que levantaba comentarios de admiración entre mis paisanos manchegos al ver esa fuente de vida fluir entre los campos. Calados hasta los huesos como la misma tierra que embarraba nuestros pies, llegamos a Alcanadre. Aquel inconveniente quedará en nuestra memoria como un paseo inolvidable bajo la lluvia, tan vivificante para nosotros como para la misma tierra que empapó, nada que no pudo poner remedio un par de blancos en el bar de la Puri.


 




 


































11 junio 2017

Desde hace unos días estoy enfrascado con el Quijote por razones que explicaré en otro momento. Hasta ahora había hecho muchas lecturas transversales pero desordenadas que me sirvieron para hacerme una idea de la trama de esta extraordinaria novela de nuestro fecundo Siglo de Oro, pero nunca la había leído con la seriedad que corresponde a esta obra universal de la literatura española. ¿Dije con seriedad? No, no es posible leer el Quijote con seriedad porque la sonrisa, cuando no la abierta carcajada, asoma capítulo tras capítulo. Tan embebido me ha visto mi mujer en la lectura que me ha advertido que terminaré tan chiflado como mi ilustre paisano con la diferencia que yo me quedaría en el limbo de los orates desconocidos y sin los laureles que coronan la cabeza del loco más genial de todos los tiempos: Alonso Quijano, el Caballero de la Triste Figura. Cervantes es a la escritura lo que Goya a la pintura, un retratista de la psicología de sus personajes. Con un léxico muy rico, el uso de la ironía fina y diferentes niveles de registro que se acomodan con exactitud al lenguaje del villano o del poeta, describe situaciones tragicómicas desternillantes que te impelen a seguir leyendo compulsivamente. Eso solo es posible si detrás hay un hombre con un bagaje cultural como el de Cervantes, nuestro Virgilio manchego, un hombre de cultura prodigiosa, conocedor de las fuentes clásicas, la mitología, la historia Sagrada y la contemporánea, la novela épica y pastoril o la idiosincrasia de su época. Con todo ello forma un cóctel con el que dará inicio a la novela moderna. Todo un ejemplo a admirar, no a seguir porque sería prácticamente imposible estar siquiera a la altura de los zapatos del bien llamado Príncipe de las Letras.




12 junio 2017

No escribo esto con ánimo de buscar tres pies al gato, pues aunque tres sean los de las imágenes, dos son míos y el otro, algo más imperfecto, del David. La cosa es que tomando un café en la terraza de casa reparé en ellos y me vinieron a la mente las láminas que nos daban en el colegio para copiarlas en las clases de dibujo. Para mí los tengo como lo mejor de mi cuerpo por sus contornos bien definidos, correctas proporciones y longitud ajustada al canon clásico de belleza que da como medida exacta la que va desde el codo de mi propio brazo hasta la muñeca, que es la misma longitud que hay desde el talón hasta la punta del pulgar del pie. Por añadidura tengo los dedos ligeramente encorvados como cuellos de corceles dispuestos a lanzarse en veloz carrera, armónica curvatura plantar, venas y tendones discretamente marcados o talón que ya hubiese querido para él, Aquiles el griego. Si en su desnudez son hermosos, recogidos en las sandalias les dan porte de emperador romano o de iracundo profeta. De lo que estoy seguro es que de haber alcanzado a verlos el Divino Miguel Ángel, los hubiese inmortalizado.






14 junio 2017

Hace bastantes años la mano invisible del destino me ofreció un libro que, como casi todos los buenos que he leído son fruto del azar o, al menos, siempre he tenido esa sensación. Es el caso de éste que acabo de releer, "Un viejo que leía novelas de amor" del chileno Luis Sepúlveda. No recuerdo el lugar donde lo vi por primera vez, quizás en Valladolid, pero fue un amor a primera vista. Me ofrecieron una habitación donde dormir en casa de algún compañero de trabajo. Sobre el... cabecero de la cama había varias baldas bien provistas de libros; curioseando me llamó la atención uno de lomo delgado y portada muy vistosa, plagada de animales tropicales que hasta no hace mucho tiempo pensé en pintarla a modo de mural sobre la pared del dormitorio de mis hijos. Comencé a leerlo y cuando quise darme cuenta me encontré atrapado en medio de la selva amazónica. Ajeno al reloj que impasible iba devorando la noche, lo fui ultimando a zarpazos como la vengativa tigrilla a sus víctimas. Con un estilo que me recuerda mucho al realismo mágico de García Márquez, Sepúlveda narra la azarosa vida de Antonio José Bolívar Proaño en El Idilio, un miserable poblado de cabañas perdido a orillas de un río amazónico. Cuando lo vi en la Feria del Libro expuesto sobre el mostrador de una librería, no dudé en comprarlo para​ regalárselo a Luis, mi doble de 29 años, que también lo leyó en un santiamén. Ahora lo haré circular entre los amigos para que puedan tener también la sensación de que la mano mágica del destino es tan alargada como real.












miércoles, 31 de mayo de 2017

Crónicas peruleras. Capítulo XXVII: en el corazón del Valle Sagrado, Yucay la seductora.

9:39

Con la visita al Museo Inkariy dieron por concluida la jornada turística aunque todavía quedaban algunas horas de sol. Nos distribuyeron por varios hoteles según las agencias contratadas por cada uno. El nuestro estaba cerca de allí, en Yucay, un pueblo de apenas 3.000 habitantes que pese a su escasa población actual, en la época prehispánica conoció tal desarrollo que alcanzó la categoría de capital del Valle Sagrado. Quizás debido a que en el programa solo estaba previsto pernoctar una noche no me tomé las molestias de informarme previamente de aquella localidad, gran error pues de haberlo hecho, solamente su nombre, que en quechua significa seducción o encanto, me hubiese puesto sobre aviso del interés de aquel lugar. Un descuido por mi parte que afortunadamente en algo pudo corregir el azar y mi propia incapacidad de quedarme en la cama una vez amanecido. 

 



Nos acomodaron en el hotel la Casona de Yucay, el más lujoso de todos los hoteles en que nos hospedamos en nuestro viaje por Perú. Era más de lo que podíamos esperar pues, no en vano, en él fue alojado también por una noche, casi 200 años antes, en 1823, un ilustre huésped llamado Simón Bolívar, de sobrenombre el Libertador y de profesión caudillo de la independencia hispanoamericana. Desde los balcones que dan a la plaza de Manco Cápac II, con el frondoso pisonay por testigo en el centro de la explanada y a un costado la iglesia colonial, arengó a la población para incitarla a la rebelión. Un año después los insurrectos se hicieron con el poder tras las batallas de Junín y Ayacucho y se declararon independientes. De su estancia allí fui oportunamente informado por una hojita plastificada que había sobre la mesita de noche que, sin duda, buscaba prestigiar el establecimiento.



Pero el hotel tenía por sí solo sus propios méritos aparte de los meramente históricos que podrían hacer del lugar un destino de peregrinación para los bolivarianos; y me refiero no solo a los de su idílica ubicación entre imponentes montañas y el río sagrado Vilcanota, o los propios de un hotel con instalaciones y servicios de lujo, sino a los de su atractiva propietaria Paty, que nada más vernos en recepción nos invitó a participar en una celebración familiar que daban en los jardines de la hacienda. No recuerdo qué acontecimiento festejaban; mi mujer declinó la invitación pero yo acepté encantado y compartí conversación y unas copas de buen vino peruano con aquellos criollos acomodados por los que no circulaba ni una sola gota de sangre indígena a juzgar por sus facciones y fisonomía típicamente europea.

 


Como todavía faltaban algunas horas para caer la noche aprovechamos para acercarnos al vecino pueblo de Urubamba (que comentaré en el siguiente capítulo) y dar un paseo por la plaza de Manco donde un edificio bien conservado, a escasos metros del hotel, con trazas externas de palacete inca nos llamó la atención. Preguntamos a Luis, el atento botones que se prestó de inmediato a acompañarnos. Estaba cerrado pero llamó a la puerta de un vecino que hacía de guía. Creo que era domingo y el buen hombre, a pesar de ir algo bebido, nos explicó que se trataba de una residencia de descanso para los incas del Cusco en su desplazamiento a Machu Picchu. Luego me enteré por Google que se trataba del palacio del Inca Sayri Túpac al que los españoles sacaron con engaños del reducto montañoso de Vilcabamba, no muy lejos de allí, donde los incas sublevados se hicieron fuertes frente a los conquistadores, a cambio de renunciar al  Tahuantinsuyo y de ofrecerle grandes propiedades y riquezas en Yucay. Se las dieron, sí, pero también la muerte, como a su padre Manco Cápac II y, más tarde, a su descendencia. De nada le valió bautizarse y convertirse al catolicismo. Jesús resistió las tentaciones de Lucifer porque disponía de mucho más de lo que le ofrecía el diablo pero el Inca Sayri, también en su condición de hijo del dios Inti, el dios Sol, se dejó engañar por aquellos aprendices de Satanás y rindió su reino por un plato de comida envenenada que le mató años después.

 





Sobre su palacio no se sabe a ciencia cierta qué finalidad tuvo pero las investigaciones parecen inclinarse por una función de recinto astronómico, dada la perfecta orientación hacia los cuatro puntos cardinales, la precisión del alineamiento de los astros en los equinoccios y solsticios respecto a su estructura e incluso la reiterada decoración que da la suma de 13 meses lunares de 28 días. El argumento parece bastante razonable máxime sabiendo el valor de la astrología para determinar los ciclos agrícolas en una tierra tan feraz como la de Yucay.


Desde que despertamos al amanecer hasta las 8,30 que vendría a buscarnos el guía, disponíamos de casi tres horas, demasiado tiempo para dos almas inquietas que les gusta disfrutar cada minuto del viaje. Nos levantamos decididos a dar un paseo por el pueblo que la noche anterior, por la escasa iluminación, no habíamos tenido ocasión de conocer. La suerte quiso guiar nuestros pasos hacia sus afueras. Dimos la vuelta por detrás del palacio del desgraciado Sayri Túpac y siguiendo el rastro del caserío más tradicional nos encontramos con una acequia construida enteramente de piedras que bajaba cargada de agua clara. Continuamos aguas arriba y apenas rodeamos unas casas nos encontramos de frente con un campo aterrazado, espléndido y muy bien cultivado que se escalonaba hasta las laderas de la cordillera.




 

Paralelo al cauce el camino se dirigía en derechura hacia el cono de deyección que formaba la conjunción de algunos torrentes al pie de las montañas, con la misma precisión que una flecha surca el espacio en busca de la diana. Anduvimos un par de kilómetros dejando atrás algunos caseríos de muy buena presencia y muros de tapial rematados con cactus de agudas espinas para proteger las propiedades, como es costumbre por aquellos lares según tuve ocasión de comprobar en varios sitios.

 



La acequia, conforme ascendíamos iba tomando proporciones de gran canal. En su interior se apreciaban tajaduras y desagües para desviar o canalizar el agua entre andenes, puentecillos para atravesarlos, piletas de distribución, en suma, un complejo y bien diseñado sistema hidráulico de época prehispánica que abastecía de agua de riego esas ricas tierras. Resultaban especialmente dignos de admirar los poderosos muros de los andenes, algunos de hasta 6 metros de altura, que llegaban hasta el camino. Construidos por enormes bloques de piedras daban una idea precisa del tremendo esfuerzo y capacidad de organización para levantarlos.



Pero el trabajo iba mucho más allá de la gradería pues previamente había que excavar las laderas, rellenar el fondo con grandes rocas que facilitarían el drenaje de la tierra, superponer sobre ellas piedras de menor tamaño para estabilizar el suelo y las plantas y, finalmente, rellenar todo con tierra fertilizada. Una impresionante labor de ingeniería hecha a base de miles de brazos durante años con el fin de aprovechar el último palmo de tierra que debería alimentar una, cada vez mayor, ingente población y controlar la erosión de las montañas. Con la llegada de los españoles buena parte de todo este sistema se desmoronó por falta de mantenimiento y de mano de obra, que los encomenderos habían detraído para llevarla en condiciones de casi esclavitud a las minas de oro y plata que resultaban más rentables a sus intereses que las cosechas de maíz o patatas.




Leyendo descubrí que dejamos sin ver un cementerio inca que estaba unos pocos metros más allá del final del camino, o la Portada del Sol, otra edificación prehispánica con función astrológica desde la que se pueden observar algunos fenómenos vinculados a los equinoccios y solsticios. El paseo fue corto pero nos dejó un gratísimo recuerdo de esta tierra elegida por los incas para descansar y recrearse con su clima benigno.


 

Al atravesar con las maletas el patio porticado del Hotel La Casona de Yucay mi vista se alzó inconscientemente hacia una de las puertas que se abrían a la galería superior, la misma que según el botones daba paso a la habitación donde Bolívar se aposentó; en la calle, mientras esperaba al autobús que nos recogería para proseguir viaje por el Valle Sagrado, miré hacia los balcones de la fachada queriéndome imaginar al Libertador. Lentamente acudió a mi mente la figura del prócer con gesto grave y rostro enjuto, enmarcado por largas patillas y frente despejada, emergiendo de una casaca con charreteras doradas. En el ambiente claro de la mañana brillaba el halo de gloria que sobrevive a los hombres heroicos y los convierte en inmortales.