martes, 1 de noviembre de 2016

Tras las huellas del otoño en el Barranco del río Dulce

17:07

Amanece en vísperas del día de Todos los Santos. El azul radiante de la mañana se cuela por los agujeros de la persiana dejando en la penumbra el dormitorio. Alzamos los brazos desnudos proyectando sus siluetas como sombras chinescas sobre el espejo del armario. Los cuellos esbeltos de dos cisnes negros se reconocen en el estanque de cristal e inician un cortejo amoroso que termina cuando, con suaves contorneos, se aproximan y giran la cabeza alrededor de ellos hasta quedar entrelazados. En el siguiente acto descienden lentamente, desvaneciéndose en la misma penumbra que les dio vida. En el espejo que sirvió como escenario de su coreografía, ahora vacío, sólo se reflejan nuestros cuerpos echados sobre la cama y, como telón de fondo, las cortinas de seda que cuelgan de la barra de la ventana.

La rodilla seguía obstinada en dolerme pero yo no estaba dispuesto a pasar un largo fin de semana encerrado en casa. Revolví el cajón de la mesilla de noche hasta encontrar una rodillera ortopédica y saqué del paragüero un bastón que alguien dejó olvidado. De esa guisa, armado caballero andante, rebusqué en mi memoria un sitio próximo a Madrid donde ver de cerca el otoño. Lo encontré entre las choperas de la Alcarria, en Guadalajara. En la mochila echamos algunos embutidos, queso, una botella de vino y un par de navajas. Ciento ocho kilómetros y una hora después nos detuvimos en el mirador de Pelegrina desde donde se domina a vista de pájaro una espectacular panorámica sobre buena parte del Parque Natural del Barranco del río Dulce.








Los movimientos telúricos que un día devolvieron a la faz de la tierra las rocas que quedaron sumergidas en mares antediluvianos desde la noche de los tiempos, cuando Dios todavía no había puesto orden en la Creación del mundo, constituyen hoy las ásperas parameras que imprimen carácter a los pueblos que se asentaron sobre ellas. Corrientes subterráneas de aguas atrapadas en prisiones de piedra, disolvieron con paciencia de millones de años las rocas que se interponían a su paso y liberándose de su cautiverio encontraron un cauce en el fondo del valle y un lugar en la Tierra, donde asentarse, llamado la hoz del río Dulce.

Una serpenteante alameda de dorado intenso discurre encajada por un profundo tajo abierto por el río en las calizas del páramo. Desde la profunda garganta, entre el follaje de los árboles, se eleva un rumor de voces de excursionistas que ignoran la regla del silencio necesario para no perturbar la fauna que allí habita.



La ruta se inicia en el pequeño pueblo de Pelegrina, una pedanía de la señorial villa de Sigüenza. Al amparo de un derruido castillo medieval, cuyas ruinas enseñorean desde un elevado promontorio, el barranco, un puñado de casas se arracima en la ladera. El ábside semicircular de la iglesia le da un encanto añadido para los que somos amantes del románico. Nos acercamos hasta ella para ver su portada. Resguardada por un atrio con columnas, se abre en un lateral un pórtico abocinado con arcos de medio punto. En el centro del tímpano un escudo eclesial bien labrado. La puerta cerrada nos impide el paso pero nos dimos por satisfechos y ansiosos por iniciar el camino sin más demora, iniciamos el descenso por una empinada cuesta que baja a la vega del río. Desde allí, las ruinas de la fortaleza se alzan imponentes sobre las alargadas agujas de la chopera, que expuestas a la luz del sol brillan como saetas de oro.









Un derruido muro de piedras deja desprotegido un viejo huerto abandonado donde crecen cerezos asilvestrados y nogueras añosas al cuidado de nadie. Junto a las paredes de la hoz, un abrigo natural a sus pies con un tosco muro circundándolo, sirvió de aprisco y refugio de cabras y ovejas frente a los lobos que merodeaban por la zona. Despacio, con mucho cuidado de no lesionarme aun más la rodilla, subí hasta allí para tocar sus piedras con la misma fe que un devoto acude a la ermita a hacer sus rogativas. Desde su atalaya, tras el quicio de una puerta desvencijada, a punto de caer, se divisaba el sendero y los cortados de la hoz.




Seguimos por la senda alfombrada de hojas de mil colores entretejidas al azar por el viento que, caprichoso, las cambia de un lugar a otro para regocijo de la vista del paseante que ve cómo a cada paso cambia el estampado del mágico tapiz que pisa.

   


Un tentador puentecillo con gruesas traviesas de tren, atraviesa el cauce mortecino del río que todavía no se ha repuesto de la feroz sequía del verano. Nos invita a pasar y nos cuesta mucho negarnos porque tras él, otro sendero se abre paso por una sugerente arboleda. Con no poco dolor decidimos continuar por el camino que indica la franja horizontal de color naranja del GR pintada en la estaca de madera, si es que no queremos perdernos parte de la ruta sugerida para pasear por la hoz del río Dulce.

A nuestra izquierda se levantan gruesos peñones de caliza horadados por el viento y el agua, que dejan descomunales ventanales con vistas al cielo. En las paredes más escarpadas los buitres dejan su huella de excrementos blancos bajo las cornisas donde anidan. Dos enormes bandadas de grullas sobrevuelan a gran altura los farallones del barranco con estridentes graznidos que asemejan trompetas celestiales. Cuando los dos grupos se funden en uno solo el espacio recupera la tranquilidad.


Esparcidos por las resecas y grisáceas superficies del páramo que baja en talud buscando el río, se mantienen erguidos algunos tolmos, peñascos naturales con forma de mojones, que se me antojan guerreros supervivientes de un ejército vencido por las tenaces embestidas de la erosión. Las manchas rojas de las hojas de los arces y los quejigos nos recuerdan cada otoño que allí se libra desde tiempos inmemoriales una trágica de la batalla que aún no ha concluido. Solo los más fuertes, convertidos en vigías eternos del valle, protegidos por sus duras corazas resistieron las acometidas de lluvia y vendavales que durante siglos se cernieron sobre ellos.

  
             

Pasamos casi sin detenernos junto a una casita de construcción poco atractiva para un espacio natural como aquel, donde el gran naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, guardaba el material que tras interminables horas de filmación darían lugar a algunos de los mejores documentales que grandes y pequeños vimos durante años en la serie de TVE “El hombre y  la Tierra”  y con la que tantas generaciones aprendimos a conocer y amar la Naturaleza. Atravesamos el río por un paso de piedras para regresar al punto de partida por la otra margen más expuesta a la umbría como ponía de manifiesto el musgo y los líquenes que cubrían rocas y árboles.


Conforme avanzábamos hacia el pueblo, semienterrados en la vegetación del bosque de galería que acompaña al río curso abajo, asoman vestigios de muros que delatan la presencia de antiguos moradores que no sobrevivieron como los tolmos, a la erosión mucho más nociva del modo de vida que imponen los tiempos modernos. Este delicado ecosistema que, con dificultad pero mucho trabajo, conseguía alimentar a un pequeños grupos de población dispersos por el valle con la ayuda de árboles frutales, pequeñas huertas, alguna trucha y pequeñas presas de caza, despareció para siempre.



Sobre la corriente del río flotan cientos de barquillos amarillos que tienen sus improvisadas atarazanas en las ramas de los chopos que se reflejan en sus cristalinas aguas. Una madre da pecho a su bebé en la orilla del riachuelo, arrullado por los leves crujidos de las hojas al golpear, en su caída, contra las ramas secas .

                               


El camino se  hizo más corto de lo esperado entretenidos, como íbamos, en la contemplación de tanta belleza. Casi sin darnos cuenta llegamos de nuevo al puente que nos salió al paso al inicio de la ruta. Su discretísimo diseño consistente en un simple tablazón, me pareció lo más adecuado para ese entorno. Olvidándome por completo que mi pierna no era flexible como el talle de un junco sino rígida como una caña seca, hice equilibrios entre las piedras que salpicaban el cauce para hacer unas buenas fotos. El escenario era grandioso y merecía la pena arriesgarse. Sobre la pasarela, la bóveda vegetal apenas podía contener entre sus ramas la luz color membrillo del sol de  mediodía, la misma que, por debajo de ella, bruñe el agua donde se reflejan los sauces, álamos y fresnos de la arboleda.



Llegados al pie de la cuesta que desciende del pueblo, ascendimos camino arriba con la vista puesta en la silueta del malogrado castillo de Pelegrina, erigido sobre un roquedo por los obispos guerreros que hicieron de la cruz su espada para defender mejor su fe en Cristo. La intención era comprar pan para almorzar a la sombra de sus ruinas pero nada más poner el pie en el pueblo, nos dieron la mala noticia de que un allegado del panadero había fallecido. Hubimos de conformarnos con unas cervezas frescas y unos torreznos en el restaurante local. Enfilamos a Sigüenza, en donde a buen seguro no faltaría quien nos vendiese una barra de pan para acompañar el trozo de jamón y el chorizo picante que llevábamos en las alforjas, en realidad todo un  pretexto para descorchar una botella de vino garnacha 2014 de la bodega Beleluin, que estuvo a la altura del castillo de las torres del castillo de Sigüenza.  Lo que allí ocurrió solo lo sabemos mi mujer y yo, aunque quizás algún día os lo cuente.



sábado, 29 de octubre de 2016

Crónicas peruleras. Capítulo XVI: La isla de los hombres tejedores

14:13

El barco turístico dejó atrás las penínsulas de Capachica y Chucuito que protegen la bahía de Puno para adentrarse abiertamente en el lago Titicaca en dirección a la isla de Taquile. Surcar estas aguas es hacerlo por el epicentro de la leyenda del origen de los incas y, consciente de ello, me apliqué en poner en orden mis conocimientos sobre esta fulgurante civilización y sus reyes. Navegamos dos horas por las tranquilas aguas del Titicaca parte de las cuales las pasé tratando de imaginar el aspecto de Manco Cápac y su hermana Mama Ocllo emergiendo del fondo del lago para cumplir con el mandato de fundar la capital del futuro imperio inca que su padre Inti, el dios Sol, les había encomendado. Poco me importaba la polémica de los historiadores sobre la naturaleza mítica o histórica de Manco Cápac porque yo ya tenía mi propia opinión: los hijos del Sol eran ambas cosas porque así lo creyeron sus súbditos. Como dios, surgió de las frías aguas del lago y como hombre fundó Cuzco, la ciudad llamada a ser el ombligo del Tahuantinsuyo.

Cuando la brisa fresca me sacó de la ensoñación, una delgada línea se interponía en el horizonte entre el azul celeste y el azul marino del cielo y el lago. La proa del barco se dirigía decidida hacia allí. Lentamente la raya se fue transformando en un trazo grueso a medida que nos acercábamos, hasta alcanzar la dimensión de una montaña cuando atracamos en el pequeño muelle de Taquile, un muelle construido con las mismas piedras rojas sin tallar que salpican el suelo de la isla. Era mediodía, el sol apretaba y también el hambre. Nos despojamos de algunas prendas e iniciamos una dura ascensión hasta el pueblo situado en la cima de la isla, muy cerca de los 4.000 metros de altitud. Aunque desde el puerto al pueblo salváramos un desnivel de apenas 200 metros por una larga escalinata que zigzaguea entre viejos andenes incaicos abandonados, la falta de oxígeno se hacía notar con el esfuerzo y nos obligaba a parar a cada poco para descansar.


La recompensa nos la ofrecieron sobre una alargada mesa con rica comida peruana de la que, a estas alturas, era un fan tan incondicional que mis jugos gástricos sólo estaba dispuestos a alabar. El sitio era fantástico, al aire libre, aprovechando el llano de una terraza, con vistas maravillosas al Titicaca. Y al alcance de mi mano una sopa de quinoa y una rica trucha asada.





A aquel paisaje no le faltó tampoco la música. Un taquileño bien dispuesto, vestido al modo tradicional de la isla con pantalón negro, camisa blanca, chaleco corto y chullo -gorro tradicional andino- amenizó la comida interpretando melodías andinas con la quena y el charango. Nos ganó el aplauso interpretando un clásico, “el cóndor pasa”, aunque luego fue derivando a las rancheras hasta convertirse en un improvisado homenaje al pueblo hermano de México lindo. Personalmente yo hubiese preferido seguir sintiéndome en Perú pero…. ¡por un momento no pudo ser!





Orgullosos de su cultura y costumbres los taquileños no pierden la ocasión para explicarnos y mostrarnos sus habilidades, que son especialmente interesantes en lo relacionado con el tejido y la vestimenta,  hasta el punto que la UNESCO proclamó el arte textil allí elaborado en el 2005 como “Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la Humanidad”. Nunca había oído hablar de este galardón pero visitando la isla se entiende perfectamente su significado porque puedes visualizarlo. En Taquile sus habitantes y las prendas hablan el mismo idioma, un bonito lenguaje compuesto por un léxico que se expresa en colores, símbolos y diseños sobre las prendas con las que se interrelacionan manifestando a través de ellas su estado civil, pretensiones, posición social, calendario, ciclos agrícolas, rituales o cualquier otro evento importante para ellos o su comunidad.  Y así, a golpe de puntada de aguja, con paciencia de amanuense, hombres y mujeres escriben su historia y sentimientos con hebras de lana sobre chullos, cinturones, fajas, chalecos, blusas y faldas.


La pequeña comunidad taquileña consciente de la importancia del turismo para su economía mantienen sus tradiciones intactas, haciendo de la isla un museo etnográfico donde puede verse a los ancianos por las calles haciendo punto como hacían nuestras abuelas o hilando, con la habilidad pasmosa que dan los años de experiencia, las fibras que sostienen en una mano mientras la otra hace girar un huso manual que las enrolla y las transforma en hilo, o a los mismos niños tejiendo sus propios chullos blancos y rojos que con el tiempo tendrán que volver a tejer en color rojo si es que contraen matrimonio, o las mujeres solteras, de cuyo chullo pende un pompón rojo y más grande y vistoso que el de las casadas. Son estrategias de género que suelen dar buen resultado.


A la pequeña Plaza de Armas del pueblo se accede a través de un sencillo arco de medio punto rematado por una cruz flanqueada por las efigies de piedra de personas tocadas con sombreros representando, quizás, autoridades locales. En la plaza se yergue el robusto campanario troncopiramidal de la iglesia parroquial que nos retrae a la época colonial junto con otros edificios principales en adobe.



Recorrimos parte de la isla a pie en pos del embarcadero donde nos recogería el barco de regreso a Puno. El camino de piedra invitaba a disfrutar del paisaje embellecido por arcos similares al que vimos en la plaza, pero toscamente labrados y de tamaño más reducido pero de diseños muy originales.



Descendimos hacia el pequeño muelle por la cara occidental, la más abrupta, surcada de terrazas y eucaliptos a un lado, al otro el lago sagrado del Titicaca y envolviendo todo ese paisaje idílico, una atmósfera envidiable donde se respiraba una paz difícil de encontrar en otros sitios. He de confesar que antes de conocer Taquile no me seducía la idea de visitarla aunque afortunadamente, como otras tantas veces, me equivoqué. Por lo visto Perú no estaba dispuesto a defraudarme y, mostrara la cara que mostrara, siempre me pareció bello.

Poco antes de partir me pareció ver a Mama Ocllo en la playa de Taquile, al pie de los acantilados. Aunque su aspecto había cambiado la reconocí bajo un sombrero tejido de paja; lo mejor es que conseguí convencerla y al día de hoy seguimos durmiendo en la misma cama. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Las Pesquerías Reales, un camino hecho a medida de un rey (parte II y última)

3:23


Con los estómagos llenos y confortados por el generoso almuerzo, retomamos el camino de las Pesquerías Reales.





El angosto trecho de la Boca del Asno impidió continuar el enlosado por esa parte del río, obligando a los ingenieros, siempre dispuestos a allanar las dificultades que salieran al paso del rey, a esculpir una escalera de gruesos peldaños sobre la piedra para flanquear el paso de las voluptuosas rocas de granito que estrechaban el paso del río. Sobre ellas acondicionaron un privilegiado mirador desde la que el rey pudiese lanzar la caña sobre las pozas que quedaban al pie de los ciclópeos peñones, para pescar las truchas que esperaban inmóviles, en el fondo de las mismas, algo que echarse a la boca.


En el breve espacio de dos o tres años el valle de Valsaín se fue transformando casi imperceptiblemente en una prolongación de los jardines del palacio real de San Ildefonso. No sabría decir si fue antes el huevo o la gallina, pero lo cierto es que la adecuación del río a las aficiones pesqueras de Carlos III pudo haber sido el germen de un precioso jardín de estilo inglés, en donde el predominio de la Naturaleza en su estado puro supera con creces al espacio en que árboles y plantas crecen ordenados siguiendo el dictado de jardineros y paisajistas, como ocurre con el Parterre de la Fama del palacio de la Granja, donde una sucesión de setos dispuestos en formas geométricas somete a la vegetación al racionalismo de la época.



Para que no hubiese duda sobre la propiedad de aquel río y su ribera, la Casa Real se tomó la molestia de amojonar las lindes para demarcar sus dominios. Descubrir en el camino las marcas esculpidas por los canteros sobre la roca viva es un goce para los sentidos. Es el caso de la corona con forma de globo rematada por una cruz, cincelada sobre un lecho de granito con apariencia de barquita encallada entre los pinos o del grafiti tallado en un berrueco con membrete real de R coronada que recuerda con letras clásicas y muy legibles la fecha de la obra. 



 

Al jardín fluvial del rey no le faltan puentes a pesar de que el Eresma en ese trayecto no pase de ser un arroyo con pretensiones de río pero en algo tenía que notarse la magnificencia de su protector. Una excesiva austeridad restaría interés a su diseño, así es que, dispuso que sus ingenieros construyesen algunos para darle dignidad de río a lo que era un riachuelo, algo nada complicado para un monarca que gobernaba por designio divino y estaba autorizado para cambiar la naturaleza de las cosas con una simple real orden.





La anatomía de los puentes que se levantaron sobre el Eresma se ajustaron a  las necesidades de la senda de las Pesquerías Reales. Un muro no debería ser obstáculo para nuestro ilustrado Borbón y, quizás, fuese este el detalle que determinó la configuración de algunos como el de la Boca del Asno, el del Anzolero, nombre muy bien traído al caso por recordarnos a quien fabricaba los anzuelos, y Navalacarreta, éste último construido en 1778 por Juan de Villanueva, el mismo arquitecto que diseñó el Museo del Prado o el Observatorio Astronómico entre otras obras. Ambos tienen un ojo por donde discurre el río y otro más pequeño, a la orilla, para dejar expedito el paso de la senda empedrada que se prolongaba como un muelle fluvial desde las faldas de los montes de Guadarrama hasta las huertas de San Ildefonso, a tiro de piedra del palacio real, por donde transitaba el rey pescador, sin que nada se interpusiese en su camino. A pie, a caballo o en carroza Carlos III tenía todas las vías abiertas para llegar donde su real voluntad le diese la gana.


En las proximidades del pueblo de Valsaín topamos con otro puente o, quizás, mejor debería decir acueducto, tanto por su función como por el gran parecido al que los romanos levantaron en Segovia. De proporciones más humildes que el acueducto romano, los pilares sobre los que se levanta son de piedra seca, es decir, de bloques de granito sin argamasa que los una. Algunos ya acusan la edad en sus estirados portes que comienzan a vencerse alejándose de la verticalidad que les mantiene con vida. Esta vez fue un rey de la casa de los Austrias, Felipe II, el que ordenó al arroyo de Peñalara prestar sus aguas para ser canalizadas a través del viaducto hasta el palacio que levantaron en sus proximidades para solaz del rey y los suyos. Salva el curso del Eresma con un amplio arco sobre el que se sustentan algunos de los pilares para proseguir sus aguas por un canal a cielo abierto que lleva hasta el palacio de Valsaín.








Mi rodilla comenzó a resentirse poco antes de entrar en el pueblo. Tocada por la artrosis, ni la hierba de la amplia pradera que otrora sirvió de pasto para los animales salvajes que en ella pacían por capricho de otro rey, Enrique IV, éste de la dinastía Trastámara, antecesor de los Austrias, conseguía amortiguar el creciente dolor que me hacía andar con la pata muy estirada, como si fuese un remo, buscando algo de alivio. Solo la belleza del lugar hacía olvidarme de mis penas. Las ruinas de una torre del viejo palacio sobresalían sobre el resto del caserío. 

Un desafortunado incendio bajo el reinado de Carlos II el Hechizado, último Austria, nos privó de lo que hubo de ser un bonito palacio de influencias flamencas. Ahora son las zarzas encaramadas en los muros que rodeaban al Jardín de la Reina y el olvido de nuestro Patrimonio los encargados de completar el trabajo que iniciaron unas lejanas llamas en una noche de Navidad de 1697.


Allí nos encontramos con un matrimonio amigo con los que habíamos quedado el día anterior y aunque no hacía tanto que habíamos almorzado, el alborozo de vernos y el calor de mediodía invitaba a unas cervezas que tomamos bien frescas con una fuente de torreznos.







El rostro de un fiero barbado, que por su boca abastecía de agua la fuente adornada con un escudo real seguramente rescatado de las ruinas próximas, nos despidió con su gesto iracundo antes de dejar el pueblo e internarnos de nuevo en la senda de las Pesquerías que se prolonga durante cinco kilómetros hasta la Granja de San Ildefonso.








Observé que en ese tramo la intervención de los funcionarios reales sobre la vegetación y la obra de piedra fue más intensa, sin duda, por la proximidad al palacio, lo que hacía del lugar un espacio más frecuentado por el soberano. El pinar cede protagonismo a los robles, almeces y otras especies arbóreas que en algunas zonas de umbría tenían recubiertos sus troncos con terciopelo de musgo verde intenso.

 

El corredor de baldosas que bordea la margen izquierda del río, en general, está más trabajado que el tramo inicial: se multiplican plataformas para pescar, escalones que descienden directamente a las aguas, cercados, mojones y pasos de piedras bien labradas para atravesar torrenteras tributarias del Eresma o vados como el de las Pasaderas en los que las grandes losas de granito se disponen en línea recta como el teclado de un piano gigante por donde se deslizan los pies con destino incierto y más si están mojadas.


En realidad toda el área es como un gran parque de juegos en medio de la naturaleza, realizado ex profeso para divertimento del rey y su corte. No cuesta mucho imaginar este bosque poblado de nobles aduladores con pelucas y rostros empolvados, marquesas con generosos escotes, lacayos con librea, pajes, soldados y una nube de sirvientes atentos a los deseos de sus señores. Afortunadamente la senda era muy larga y el rey pescador podría hacer uso de su caña y anzuelos más allá de Valsaín en compañía más menguada y serena.













Puso fin a esta ruta un paseo por los jardines del palacio rebosantes de fuentes con personajes mitológicos a los que tanto gustaban de asociarse los reyes. Entre ellos busqué en vano a Esculapio para que pusiese remedio con algún ungüento a aquel desastre de rodilla que después de varios meses atrás amenazándome, se manifestó esa misma tarde con una inflamación y tanto dolor que temo me deje cojo como al herrero Vulcano. Hube de conformarme con la cita que tenía dos días después con el traumatólogo de la Seguridad Social y para mi desgracia, ni ésta ni el que me vio una semana después hicieron nada por mí. Esculapio tampoco puso la mano sobre sus cabezas para inculcarles algo de su sabiduría. 




               

miércoles, 19 de octubre de 2016

Las Pesquerías Reales, un camino hecho a medida de un rey (parte I)

2:42

Deseoso de ver cómo le sentaban los tonos pardos del otoño a los jardines del palacio de San Ildefonso, planifiqué una visita a la que se apuntaron un grupo de amigos con los que comparto interés por el arte, la naturaleza y un buen almuerzo en el campo. El día anterior, leyendo algo sobre el lugar, me encontré inesperadamente en internet con una ruta que desde el primer momento me entusiasmó tanto que el destino final terminó siendo solo el colofón a ese otro que el azar interpuso ante mis ojos. Siendo los amigos de buen carácter no les importó el cambio de propuesta tan solo unas horas antes y, como de costumbre suelen hacer, confiaron en mí. El nuevo plan consistía en hacer un recorrido de 14 kilómetros siguiendo el curso del río Eresma a su paso por el valle de Valsaín, no muy lejos del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso. Busqué alguna documentación en la biblioteca pública de Vallecas y conseguí un rudimentario plano de la ruta que resultó de gran utilidad.









A los pies del puerto de Navacerrada, por la carretera CL-601 que conduce a Segovia, dejamos el coche en un aparcadero bien pavimentado cerca de la abandonada Venta de los Mosquitos, al lado del puente de la Cantina. A través de una herrumbrosa puerta giratoria accedimos a una pista forestal asfaltada. Caminamos algo desorientados unos 800 metros porque comprendimos que el camino se iba alejando del río que quedaba más abajo, justo a nuestra derecha, de modo que al llegar a un puente que sobrevolaba un arroyo, decidimos abandonar la pista y continuar por una trocha que, aguas abajo del torrente, nos llevó hasta el río Eresma.



El arroyo entrega sus revoltosas aguas al Eresma discretamente bajo un sólido puentecillo de berroqueñas piedras. Sorprendido por tanto refinamiento para poner fin al curso de un simple regato, al alzar la vista y ver la margen del río enlosada, comprendí que él no era el merecedor de tanto honor sino el propio río al que el capricho de un rey había decidido engalanarlo para su propio deleite. Ahora tenía la certeza de estar sobre el buen camino.

Fue Carlos III, monarca déspota pero ilustrado al menos, quien ordenó a sus arquitectos acondicionar un tramo de nueve kilómetros del río para poder disfrutar de sus largas jornadas de pesca sin ensuciarse de barro sus reales mocasines. Los alarifes, siempre solícitos a los deseos de su majestad, movilizaron un pequeño ejército de canteros que armados con cinceles y martillos horadaron canteras y desbastaron peñascos de granito para ponerlos a los pies del rey. En apenas tres años, entre 1767 y 1769 pavimentaron la margen izquierda del Eresma, entonces llamado Valsaín, a modo de calzada romana, pero para su exclusivo uso pedestre.
 

Desde el primer momento caminamos entre un majestuoso paisaje de pinos y helechos. La mañana era fresca, casi fría, pero muy despejada; solo el murmullo del río y los cantos de pájaros invisibles rompían el silencio del bosque. Rehusé al sendero de tierra para caminar sobre la estrecha senda de  piedra que los canteros labraron para el rey. Disfrutaba siguiendo el rastro del camino veteado con las hojas pardas de los árboles que comenzaban a desnudarse para vestirse de invierno, cuando nos salieron al paso dos gigantes recubiertos con corazas de musgo, dos gruesos bolos de granito que con toda seguridad, Carlos III duque de Parma y Plasencia, rey de Nápoles y de Sicilia, rey de España y las Américas, guiado por su buen gusto de paisajista, los indultó de las piquetas de los picapedreros y, en un gesto magnánimo, revistiéndolos con su real autoridad, los nombró centinelas eternos de su sendero.


Tres pilares de cantería atraviesan el río. Sobre ellos, el aire. Son los restos del puente de los Vadillos cuyos constructores, quizás confiados por el inofensivo caudal de un vado que podía atravesarse sin apenas mojar los cascos de los caballos, no pensaron que un mal día lo tiene cualquiera y, así, cuando se desató la tormenta y las calmas aguas devinieron en turbulentas, arrastraron con sordo rumor de troncos y cantos convertidos en una tempestad de arietes, la pasarela que los coronaba.


El tiempo y otros malos genios dejaron huella en algunos tramos de la calzada, como las losas encalladas en el cauce, que nos traen a la memoria recuerdos de naufragios y lápidas removidas.



Sin embargo, una o cien tormentas de verano convertidas en tempestades no cambian la naturaleza inofensiva de este riachuelo apenas recién nacido unos cientos de metros más arriba, entre las peñas de la sierra de Guadarrama. El Eresma, en este tramo es apenas un caprichoso adolescente de carácter inquieto, enérgico, espontáneo, rebelde, al que le gusta saltar con su corriente incipiente sobre las piedras, anegar las praderas adyacentes o arremolinarse en las cavidades de las rocas pero, sobre todo, si algo lo define es su narcisismo. Sabedor de su belleza juvenil, es un engreído al que le gusta ser el centro de atención del valle. A tramos extiende espejos de sus cristalinas aguas sobre remansos a los que todos los habitantes del bosque acuden a contemplarse: árboles, nubes, plantas, bestias, rocas, pájaros, paseantes, todos sucumbimos al poder hipnótico de su brillante superficie, pulida como un vidrio que refracta impecables nuestras imágenes. El espejo se convierte en un inocente juego de vanidades al que todos acudimos para vernos y ser vistos, mientras el riachuelo se regocija en ello.


Sobre una explanada, en la margen derecha, hay un área de recreo con robustas mesas y bancos de madera, un lugar perfecto para aligerar nuestro equipaje y darnos un respiro. Llaman al lugar la Boca del Asno, quizás porque a esa altura el río discurre encajado entre grandes rocas de granito que forman un paso angosto y alargado, similar al de la quijada de un burro. Parece que el lugar ya era frecuentado siglos antes por los cortesanos del palacio próximo para sus francachelas campestres travestidos de campesinos. La guillotina todavía debía de ser una sombra muy lejana y retozaban despreocupados por los prados. Alcanzamos la otra orilla por el puente y extendimos sobre la mesa una selección de ibéricos de Salamanca, queso de cabra de Extremadura y una botella de tinto crianza, un buen rioja de nombre Beleluin. Tres barras de pan tierno cocido en horno de leña nos sirvieron de platos. Cuando dimos fin con todas esas viandas la carga quedó mejor repartida, llevando cada uno lo suyo consigo. Y contrariando el viejo refranero castellano seguimos andando camino pero ya sin pan ni vino.