Poco después de llegar al hotel pasó a buscarnos el microbús que nos llevaría a recorrer el Valle del Colca. Tenía el presentimiento que a
partir de ahora comenzaríamos nuestra verdadera aventura por el corazón del
Tahuantinsuyo. Con solo pensarlo el pulso se me aceleró ¿o sería el efecto de
los dos mates de coca que tomé precipitadamente antes de partir? Sea lo
que fuere la expectación era máxima y mi mente comenzó a poblarse de indios
orejones (1), de tantos como molinos llenaron el cacumen de mi paisano don
Quijote.
Apenas iniciamos el viaje paramos en un pequeño supermercado a las
afueras de Arequipa a fin de comprar algunas cosas que nos serían muy útiles
para sobrellevar mejor las duras condiciones del Altiplano. Hicimos acopio de unos
sombreros de paja con buena ala para protegernos de la irradiación solar, agua
y, sobre todo, coca en todas sus manifestaciones: hojas, galletitas y hasta
caramelos. Tanto oímos hablar de las propiedades de la coca (reducción de la
fatiga, mejora de la digestión, facilitar la respiración...) que todo nos
parecía poco para prevenir el mal de altura y estábamos dispuestos a exponernos
a una sobredosis a fin de conjurarlo, así es que de un modo u otro, casi
siempre la teníamos en la boca. Si nos hizo efecto o no, no lo puedo asegurar
pero lo cierto es que todos teníamos confianza ciega en ella por el modo, algo
exagerado, en que la ingeríamos.
El extrarradio de Arequipa es muy grande, prolongado por
innumerables asentamientos de aluvión habitados por gente muy humilde que baja
de la sierra huyendo de la pobreza en busca de una vida mejor al amparo de la
ciudad. Son las mismas casuchas que vi desde el avión poco antes de aterrizar,
con sus tejados de zinc o a medias de construir a la espera de mejores tiempos
para terminarlas, en mitad de la nada, sin agua ni luz, ni condición alguna de
habitabilidad. El guía nos explicó que se trataba de las “invasiones”, un
problema acuciante para la ciudad que genera muchos conflictos. Nosotros mismos
fuimos testigos de uno de ellos. Al lado de la carretera unas excavadoras
destruían viviendas ilegales. Hasta el autobús llegaba el ruido metálico de los
golpes secos de la pala contra las edificaciones y los gritos de sus
desesperados moradores contra los maquinistas. La nube de polvo cubría a unos y
otros. Un bullicio de puños se levantaba entre el revuelo de hombres y mujeres
que espetaban a los trabajadores. Más allá un grupo de curiosos y un espeso cinturón
de antidisturbios contemplaban ese caos desde una prudente distancia. Aquello
no pintaba nada bien. ¡Qué vida tan difícil!
El microbús prosiguió su camino por la Ruta Interoceánica 34A, que
une el Pacífico con el Atlántico a través de Perú y Brasil. Lentamente comenzó
a zigzaguear por pronunciadas cuestas ganando altura. En menos de 150
kilómetros habríamos de pasar de 2.300 metros a más de 4.000. Íbamos
acompañados por un excelente guía, natural de Arequipa, joven, muy educado,
bajito y de complexión fuerte como la mayoría de sus paisanos. Su voz suave
terminaba invariablemente cada explicación con la misma coletilla “¡¿sí?!”, sin
que supiésemos a ciencia cierta si estaba interrogándonos o afirmando. El
muchacho sabía de todo y no había pregunta que dejase sin respuesta. No recuerdo
haberlo oído callado más de cinco minutos a lo largo del viaje. Era
infatigable, el tipo de guía que me gusta.
A nuestra derecha dejamos el Misti. Un poco más adelante bordeamos
la falda occidental del Chachani con sus cuatro cumbres de 6.000 metros
moteadas de nieve a pesar de la extrema sequedad del ambiente. El temido
soroche empezó a hacerse notar con fuerza cuando alcanzamos los más de
4.000 metros en la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca. A esa altura comenzamos a sentir los efectos de la falta de oxígeno con dolores de cabeza, náuseas y dificultad para respirar. El único consuelo es que como nos afectaba a todos lo aceptamos con naturalidad.
Pronto vimos pequeños grupos de vicuñas, parientes cercanos de las llamas, alpacas y guanacos. Pastaban
en libertad por la puna, las tierras altas del altiplano, ramoneando incansables
los brotes más verdes de las matas secas que se extienden por doquier. Los
rebaños pertenecen a las comunidades indígenas que se encargan de esquilarlas
para vender su lana, la más apreciada y cara de todas, como pudimos ver
en las tiendas de Arequipa, por lo que la mayor parte de estos tejidos se
exportan a las tiendas más elitistas del mundo. Poco a poco la puna se
iba poblando de rebaños de llamas y alpacas, pastoreadas por los nativos que
habían descubierto en los turistas una fuente adicional de ingresos. Sitúan sus
rebaños como reclamo, próximos a la carretera para que los autobuses puedan
parar y fotografiarlos de cerca a cambio de la voluntad.
Son unos animales realmente hermosos, de porte altivo y orgulloso,
como corresponde al que fue un símbolo del poder soberano durante el incanato (gobierno de los incas sobre el resto de pueblos). Su imagen está tan asociada a ellos como los grandes
bloques de piedra de sus templos y fortalezas, hasta el punto que los límites
biológicos de la llama coincidían con los de las fronteras del Tahuantinsuyo.
Debía ser fascinante la ceremonia en que los sacerdotes entregaban al Inca una
llama blanca con atuendos escarlatas, zarcillos de oro en sus orejas y un gran
collar de conchas rojas. Ambos, Inca y llama, competirían en solemnidad. Pero no
todas eran tan afortunadas, su lana blanca las convertía en animales sagrados y pagaban con su sangre el sacrificio de miles de ellas durante las festividades de los solsticios y
equinoccios en honor a Inti, el dios Sol.
A lo largo del trayecto hicimos varias paradas. La siguiente fue
más o menos a mitad de camino, en un pequeñísimo poblado llamado Patahuasi, en
la confluencia de dos carreteras: una que se dirige hacia el Valle del Colca y
otra hacia Puno y el lago Titicaca. Aprovechando las instalaciones de un
restaurante y sus aseos en la mitad de la nada, un mercado de mujeres indígenas
ofrecía sus artesanías a la sombra de un entramado de postes y hojas
entretejidas. Las compulsivas compradoras del grupo no pudieron resistirse a
los encantos de los coloridos tejidos de lana de llama y alpaca y llenaron un
poco más sus maletas.
Salvador, mi amigo argentino, y yo aprovechamos para
acercarnos a hacer unas fotos a un pequeño cañadón (2) próximo al mercadillo.
Apresurados por el tiempo regresamos al restaurante con paso decidido y, al
momento, sentimos como las manos invisibles del soroche nos atenazaban el
cuello amenazando con asfixiarnos. Salvador, prudentemente, con un tono asustado
y casi tan bajito que apenas podía oírle, me dijo gesticulando: “Luis, un paso
tras de otro, despacito” y comenzamos a andar como dos mimos, midiendo los
pasos y casi sin avanzar.
Cuando llegamos a las mesas del “Chinitos Restaurant” (¡qué
horrible nombre!) nos sentimos más seguros, al menos, si debíamos morir lo
haríamos en compañía de los nuestros y no en la soledad del altiplano. Allí
probamos por primera vez la muña en infusión, una planta casi tan consumida por
sus propiedades respiratorias y digestivas, como la coca. La sirvieron en vasos
altos. Resultaba muy agradable al paladar por su suave sabor a menta. Gracias a
ella volvimos a recuperar el aliento.
La última parada antes de llegar a Chivay la hicimos en el mirador
de Pata Pampa, conocido como el Mirador de los Andes, a 4.910 metros de altitud.
Desde allí se divisan unas impresionantes panorámicas de media docena de
volcanes: Misti, Chachani, Mismi, Sabancaya, Ampato, donde se encontró la momia
de Juanita, y el Hualca Hualca. Una extensa llanura de matojos y piedras se
prolonga hasta el infinito al que solo ponen límite estos gigantes de casi
6.000 metros. Parecía como si un gran cataclismo hubiese eliminado la vida de
la Tierra y el único signo visible fuese la humeante fumarola del Sabancaya. ¡Qué
insignificante me sentí en aquella inmensidad!
(1) Orejones: nombre genérico con el que se conocía a las etnias de indios provenientes de la región cuzqueña.
(2) Cañadón: hondonada en forma de
amplio cauce, con riberas altas, por la que circula una pequeña
corriente de agua.



Gracias por este maravilloso relato de tu viaje ¡Que bien que lo podamos disfrutar un poco de lejos!¡Que bien transmites la experiencia de vida y Nada en ese paisaje infinito repleto sí mismo.
ResponderEliminarUn abrazo
Mª Luisa
Que pasada! Tu si que has recorrido mundo
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